viernes, 22 de mayo de 2015

MITOLOGÍA PARA NIÑOS: Hércules y el cinturón de Hipólita.

Euristeo estaba realmente harto. Diez trabajos eran los que había encomendado hasta el momento a Hércules  y de los diez había salido victorioso. Ni los monstruos más terribles como la Hidra de Lerna, el Toro de Creta o el León de Nemea, ni tareas imposibles como la limpieza de los establos de Augías o liberar al pantano de Estínfalo de las terribles aves que lo poblaban habían podido con él. Así que cuando su hija Admete le dijo que deseaba el cinturón de oro de la reina Hipólita a Euristeo le pareció un trabajo perfecto con el que humillar a su primo.

Hércules tendría esta vez que dedicar sus esfuerzos a sastifascer los deseos de una niña caprichosa. Aunque el capricho se las traía.




Hipólita era la reina de las amazonas un pueblo conformado y gobernado únicamente por mujeres guerreras que vivían aisladas en una región selvática del norte de Asia Menor en la que no admitían hombres, los únicos que vivían con ellas lo hacían en condición de esclavos. Las amazonas adoraban a Artemisa, la diosa de la caza, que a su vez era su protectora y eran hijas de Ares, el dios de Guerra, del que habían heredado su espíritu guerrero y combativo. Pues bien, la reina de este temido pueblo usaba un cinturón de oro puro, símbolo de su poder sobre las demás amazonas, que le había regalado el propio Ares. Y ese precisamente era el caprichito de la hija de Euristeo.




Os podéis figurar que hacerse con el cinturón de la reina de semejante pueblo guerrero, uno de los más temidos de la Antigua Grecia, no iba a ser nada fácil. Así que Euristeo, al igual que ya hizo cuando encomendó a Hércules traerle las yeguas de Diomedes, le permitió ir acompañado por otros guerreros en un viaje por mar que le llevaría hasta Temiscira, el país de las amazonas. Aunque lo que menos se podían figurar, dada la cantidad de leyendas que se habían escrito sobre estas mujeres, era lo que allí se encontraron.

En lugar de un pueblo armado y deseoso de lucha lo que se hallaron Hércules y sus acompañantes al descender del barco, fue una afectuosa bienvenida por parte de una reina ansiosa por conocer al héroe que había sido capaz de vencer a los más terribles y temibles monstruos. 




Hércules soprendido ante la situación y sin nada que perder, decidió armarse de valor y explicarle los motivos por los que habían viajado hasta allí.

Estimada reina Hipólita, mis hombres y yo llevamos semanas viajando para venir a su encuentro. Hemos atravesado mares, cruzado estrechos, sufrido tormentas. Todo ello para postrarnos ante vos y pedios algo muy importante para nosotros. Algo con lo que podríamos salvar nuestras vidas.  
Mis compañeros y yo estamos aquí porque necesitamos que usted nos dé su preciado citurón, ése que le otorgó su propio padre y que simboliza el poder sobre su pueblo.

La reina escuchó muy atenta las palabras de Hércules y cuando este concluyó, para sorpresa de todos los presentes, miró fijamente a Hércules y sin decir una sola palabra...

...se quitó voluntariamente el cinturón 
y se lo dio.



Hércules se quedó mudo.

 La temida reina Hipólita le había dado su cinturón sin condiciones de ningún tipo. 

Pero ya sabéis que nunca ningún trabajo había resultado así de sencillo. Y éste tampoco lo iba a ser pues la diosa Hera  realmente indignada ante la facilidad con la que Hércules había obtenido el cinturón,  decidió complicárselo un poquito.

Adoptando el aspecto de una amazona la diosa se mezcló entre la muchedumbre e hizo correr la voz de que Hércules quería secuestrar a su reina.

¡Estos hombres quieren secuestrar a la reina!
No soportan la idea de que haya un país gobernado únicamente por mujeres. 

En cuanto las amazonas escucharon el rumor se llenaron de cólera transfomándose rápidamente en guerreras despiadas y sanguinarias armadas con lanzas, arcos, flechas y hachas.




Los griegos sorprendidos ante la rápida transformación de las amazonas también creyeron que todo había sido un engaño. Aunque en su caso de la reina Hipólita que nunca había tenido la intención de darles el cinturón. Simplemente había sido una estratagema para pillarles desprevenidos. Sintiéndose traicionados decidieron responder al ataque de las amazonas con la mayor de las violencias.  




Hércules estaba realmente furioso. Sabía que la única manera de vencer en esta batalla era acabar con su reina. Así que buscó a la bella Hipólita y por supuesto la encontró.

Cuando sus ojos se cruzaron la mirada de ambos era la de dos seres heridos, traicionados. Dos seres que un momento dado habían creído el uno en el otro y que ahora se sentían profundamente decepcionados. La reina Hipólita con el rostro desencajado levantó su hacha pero justo en ese momento Hércules, el mejor guerrero de toda la Grecia Antigua, le atravesó el cuerpo con su espada.



En el mismo momento en que la reina cayó al suelo Hércules le quitó el citurón y bandeándolo como el más preciado de los trofeos gritó a sus hombres:

Rápido todos a bordo. 
Nuestra misión aquí ya ha acabado.


En el momento en el que hizaron las velas Hércules escuchó una sonora carcajada. Al héroe no le cupo ninfuna duda.

Era la diosa Hera que le indicaba que le había vuelto a engañar.

 

Hércules acaba de darse cuenta que la reina de las amazonas no era la causante de la batalla sino la terrible Hera que no soportaba que saliese airoso de cada uno de los trabajos que le encomendaban. Pero ya era un poco tarde...

El próximo jueves seguimos la historia.






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