jueves, 10 de septiembre de 2015

MITOLOGÍA PARA NIÑOS: Ulises y el Caballo de Troya. Cuando una buena idea acaba con diez años de guerra.

Como ya os contamos la pasada semana (aquíUlises no tenía ningún interés en embarcarse en una guerra e hizo todo lo posible, incluso hacerse el loco, para que le dejarán quedarse en su casa, con su mujer Penélope y su pequeño Telemaco. Parecía como si intuyese que esa guerra no iba a ser fácil, que se iban a necesitar muchos años y mucho ingenio para vencerla y de esto último Ulises poseía muchísimo.


Diez años llevaban los griegos frente a las puertas de la ciudad de Troya. Habían intentando entrar en la ciudad una y mil veces, pero nunca lo conseguían. La ciudad parecía inexpugnable y poco a poco el cansancio y el desánimo empezaba a hacer mella entre los soldados. Diez años era demasiado tiempo para estar alejados de sus casas y sus familias y encima no obtener ningún resultado.

Pero pese a los años y el cansancio Ulises no se daba por vencido y como siempre andaba pensando alguna estrategia que devolviese la alegría a sus soldados y pudiesen por fin conquistar Troya.


Tras darle muchas vueltas a la cabeza, se le ocurrió una idea. Aunque en realidad parece ser que quien se le inspiró dicha idea fue la diosa Atenea, que convertida en brisa se acercó a Ulises y le susurró al odio un plan. En cuanto Ulises lo tuvo claro fue donde sus tropas y les dijo:

Sé cómo conquistar Troya.

Enseguida, Agamenón, el jefe supremo de las tropas griegas, le preguntó qué debían hacer. A lo que Ulises respondió sin dudarlo:

Levantar el campamento.
 ¡Nos vamos!


Os podéis figurar que Agamenón no daba crédito a la respuesta. Ulises se había vuelto loco. A quién se lo ocurría pensar en abandonar  el campamento y volver a casa como perdedores, sin luchar hasta el final.

Ulises, que se dio cuenta de lo que pasaba por la cabeza de su jefe, le tranquilizó:

No te preocupes, no estoy loco. 
No vamos a abandonar.

Levantar el campamento es solamente la primera 
parte de mi plan.



Cuando Ulises le contó el plan completo, a Agamenón le pareció una idea estupenda y se pusieron rápidamente  manos a la obra. En tres días, cuando los troyanos se asomaron a ver la gran llanura que se extendía tras las murallas de la ciudad, no podían creer lo que veían. Ésta estaba desierta, no había ni un soldado, los griegos habían levantado el campamento y se les veía a lo lejos en sus barcos navegando en dirección a su tierra.


¡Habían abandonado!

¡Los griegos se habían rendido!


La noticia corrió como la pólvora. No se hablaba de otra cosa en las calles de Troya, realmente nadie entendía qué había ocurrido para que los Griegos abandonasen tan precipitadamente, pero daba igual. Por fin lo habían conseguido, la guerra había terminado. Ya no habría sangre, ni dolor, ni heridos, ni llanto.

Pero de pronto desde lo alto de la muralla dos centinelas, señalando hacía lo lejos, dijeron:

Los griegos han dejado algo en su campamento.


En efecto, entre las tiendas abandonadas, se veía una escultura  de gran tamaño que el propio rey Príamo quiso examinar de cerca, así que acompañado de un séquito de notables abandonó la ciudad y se trasladó hasta donde estaba la enorme escultura.

Cuando llegaron allí se encontraron con un precioso caballo, realizado en madera, en cuyos pies había la siguiente nota:

Este regalo de los griegos es una ofrenda
dedicada a Atenea para que nos permita
volver sanos.


Los troyanos eran un pueblo muy religioso que sentía gran respeto por los dioses, así que nunca se hubiesen atrevido a causar cualquier agravio a éstos.

Si es una ofrenda a los dioses, no podemos destruirlo... 
-dijo uno de los notables.

Por supuesto que no- contestó otro-. 
Nos lo llevaremos al interior de la ciudad y
lo colocaremos frente al templo de Atenea.


Todos los allí presentes estuvieron de acuerdo. Ahora que la guerra había terminado no iban a enojar a la diosa, así que ayudados por cuerdas arrastraron el caballo al interior de la ciudad.


La entrada del caballo de Troya
de Giovanni Domenico Tiepolo (1773)


Tras colocar al caballo frente al templo de la diosa comenzó la fiesta para los troyanos quienes se dedicaron a comer, beber y bailar durante todo el día. Había que festejar la victoria. Así que cuando llegó la noche agotados se fueron a dormir. No se oía nada en la ciudad, ni una mosca pero justo en ese momento, del interior del caballo, se oyó la siguiente orden:

Es el momento de atacar 

¿Sabéis de quién era la voz? Por supuesto de Ulises. El caballo no era una ofrenda para Atenea sino una trampa con la que poder entrar en la ciudad. Lo habían construido ellos mismos de madera y había dejado su interior hueco para que allí se pudiesen esconder Ulises y otros veinte guerreros.

Durante todo el día habían permanecido quietos y en silencio. Realmente había sido duro pues el calor que hacía en el interior del caballo era insoportable, pero había merecido la pena. 



Ulises y los suyos abandonaron la escultura y corrieron a la muralla para abrir sus puertas de par en par y que así el resto de los soldados -esos que parecía que volvían en sus barcos a su tierra, obviamente otro engaño parte del plan- pudieran entrar en la ciudad.

La guerra había acabado pero no como los troyanos pensaban...


A veces una buena idea puede 
más que diez años con armas. 

Aunque el fin de la guerra tampoco se iba a resolver tal y como los los Griegos deseaban. La ansiada vuelta a casa no iba a ser ni rápida ni sencilla...

pero si os parece, 
esta parte la contamos la próxima semana.


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2 comentarios:

  1. Hola, Ana Z.,

    La imagen que colocas titulada "El caballo de Troya de Archimboldo (1570)" no es de Archimboldo y se realizó en torno el 1700. Se encuentra en la Galería Nacional de pintura Sueca. Te lo comento porque investigaba esta obra y la he visto en tu blog mal citada.

    Un saludo.

    Luis Antónimo.

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    Respuestas
    1. Muchísimas gracias por la aclaración. Ahora mismo rectificamos. Un saludo.

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