miércoles, 15 de enero de 2014

El hada de los tres deseos, de Fernán Caballero ilustrado por Ignacio Caballo.

Érase que se era una vez un matrimonio anciano que había pasado  toda su existencia trabajando y cuidando de un pequeño campo. Una noche de invierno estaban el marido y la mujer sentados frente a la lumbre y en lugar de alegrarse de la tranquilidad con la que iban pasando sus vidas, sufrían enormemente por la insana envidia que las riquezas de sus vecinos les provocaban:




       -¡Si yo en lugar de mi campito –decía el viejo-, que es de mal terruño y no sirve sino para que los burros se revuelquen, tuviese el rancho del tío Polainas!


        -¡Y si yo –añadía su mujer-, en lugar de ésta, que está en pie porque no le han dado un empujón, tuviese la casa de nuestra vecina, que está en primera vida!


       -¡Si yo –continúa el marido-, en lugar de la burra, que no puede ya ni con unas alforjas llenas de humo, tuviese el mulo del tío Polainas! 


      -¡Si yo –proseguía la vieja- pudiese matar un tocino de cien kilos como la vecina! Esa gente, para disponer de las cosas, sólo tiene que desearlas.


¡Quién tuviera la fortuna de ver cumplidos sus deseos!


Aún no habían terminado de decir estas palabras cuando de la lumbre de la chimenea vieron salir a una mujer tan diminuta como hermosa, vestida igual que una reina, con una túnica que parecía de cielo y un velo tenue como una nube; en la cabeza brillaba una corona y en la mano un cetro de oro rematado en un oscuro carbunclo.
     -Soy el hada Afortunada –les dijo-; pasaba por aquí y he oído vuestras quejas

Ya que tanto ansiáis que se cumplan vuestros deseos, vengo a concederos tres:  

uno a tiseñaló con su cetro a la mujer-, 
otro a ti –se dirigió al marido
 y el otro ha de ser común y 
en él habéis de poneros de acuerdo los dos. 
    Éste último os lo otorgaré yo misma mañana a esta hora. 

Dicho que hubo esto, desapareció en una bocanada de humo entre las llamas.


Ya os podéis imaginar la alegría del buen matrimonio y la cantidad de deseos que acudieron a sus mentes. Fueron tantos que, no acertando a cuál atender, decidieron dejar la elección para el día siguiente, después de haberla consultado con la almohada, y se pusieron a hablar de otras cosa, de cosas cotidianas. 

Enseguida fue a parar, como tantas veces, la conversación sobre sus afortunados vecinos:

-Hoy estuve allí: estaban haciendo morcillas –dijo el marido-, ¡pero qué morcillas! Daba gloria verlas.
Quién tuviera una de ésas aquí –contestó la mujer- para asarla en estas brasas y cenárnosla! 


Y dicho y hecho: sobre las brasas apreció la morcilla más hermosa y sabrosa que hubo, hay y habrá en el mundo.



La mujer se quedó mirándola con la boca muy abierta y cara de asombro.

Tras un instante de silencio, el marido se levantó desesperado y, dando vueltas por la habitación, se arrancaba el cabello y gritaba:



-¡Por tu culpa, porque eres más golosa y comilona que la misma tierra, 
se ha desperdiciado uno de los deseos! 
¡Vea usted qué mujer ésta! 
¡Más tonta que un hablar!
¡Maldita seas tú y tu morcilla! 

No quisiera sino que se te pegase a las narices.


No bien terminó de hablar cuando ya estaba la morcilla colgando entre los ojos de la mujer. Ahora le tocó el asombrarse al viejo y el desesperarse a la vieja:


-Te luciste, mal habladogritaba haciendo inútiles esfuerzos
 por arrancarse el molesto colgante-; 
si yo mal empleé mi deseo, 
al menos no fue en perjuicio de nadie más que mío. 
Pero tú en el pecado llevas la penitencia, pues nada deseo 
ni desearé sino que se me quite la morcilla de las narices.  

-Mujer, piensa, ¿Y el rancho? 

-Nada

-Mujer, piensa, ¿y la casa? 

-Nada. 

-Deseemos una mina, y te haré una funda de oro para tu morcilla.

 -Ni lo pienses.

 -Entonces ¿qué?

¿Nos vamos a quedar como estábamos?
 
Por más que siguió rogando y prometiendo riquezas y palacios, nada consiguió de su mujer, que cada vez estaba, más desesperada con su enorme nariz y lograba a duras penas apartar al perro y al gato que la seguían buscando cómo abalanzarse sobre el suculento bocado.


Cuando a la hora convenida se apareció el hada al día siguiente y le dijeron cuál era el último deseo, les dijo:

 -¡Ya veis cuán necios son los hombres que olvidan su felicidad envidiando la de los demás! 

Nunca viviréis en paz si vais detrás de lo imposible en lugar de disfrutar con lo que vuestro esfuerzo os ha proporcionado. 

Y cuento acabado, por la chimenea se ha escapado.

Texto: Fernan Caballero
Ilustraciones: Ignacio Caballo













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