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jueves, 6 de febrero de 2014

El mundo de...Wilhelm Busch

Hoy en la sección El mundo de... vamos a hablar de Wilhelm Busch padre de una de las parejas de pícaros más famosos del mundo germano: Max y Moritz que ya hemos publicado en ZR100 Cuentos de boca. (pinchad aquí para leer Las travesuras de Max y Moritz).


La vida Wilhelm Busch abarca una gran parte del s. XIX (1832-1908). Un siglo en donde la literatura para niños estaba caracterizada por su fuerte carácter didáctico y moralizador, de ahí que el  tiempo no le haya pasado la mejor de las facturas. El caso de la obra de Busch es una excepción. Sus historietas  siguen divirtiendo a las nuevas generaciones de la misma manera que ocurría con la de sus padres,  abuelos y bisabuelos. Por algo se dice que Max y Moritz es el texto infantil que más éxito ha tenido en el mundo entero y ha sido traducido a casi treinta idiomas. La pregunta es clara ¿por qué? ¿cuál es el motivo de esta permanencia en el tiempo?

Lo primero que tenemos que decir es que en Wilhelm Busch nos encontramos a un brillante caricaturista que sabe imprimir a sus tiras e historietas ritmo y gracia además de acompañarlas de dibujos de gran expresividad que complementan el texto e incluso, en ocasiones, lo transforman.


Aquí están sus tres gallinas,
gordas y con plumas finas
y con ellas está el gallo
disfrutando el sol de mayo.
Max y Moritz, entre sí,
dicen:"¿Qué hay que hacer aquí?"
Y muy pronto se han pensando
un plan bien endemoniado


Los muy sinvergüenzas mozos
cortan pan en cuatro trozos.
Atan a cada uno a un hilo
y los cruzan con sigilo,
poniéndolos con cuidado
donde el patio está empedrado


Pronto el gallo los divisa 
y a las gallinas avisa:
-¡Mirad lo que tengo aquí,
ay, qué bien, quiquiriquí!

Pero además  Busch  supo poner distancia irónica hacia esas ideas didácticas, a las que antes hacíamos alusión, que con la literatura infantil querían propagar y hacia los adultos que lo pretendían, abriendo la veda a chicos díscolos y traviesos que a partir de ese momento inundarían las historias de la literatura infantil. Y si las travesuras que lleva a cabo estos pícaros las encontramos bastante poco ejemplares, por calificarlo de alguna manera,  no lo es menos el comportamiento de unos adultos que no muestran la más mínima lástima o dolor  ante el triste final que se les tiene destinado.

Un buen ejemplo de ello es el final de Max y  Moritz. Allí, cuando tras muchas perrerías,  por fin un vecino decide castigar a los intrépidos niños metiéndolos en el molino, ellos saldrán de allí convertidos en granos, con la inconfundible forma de sus  protagonistas, que serán zampados por los pollos del molinero.


Y diciendo un fuerte taco,
¡rab!, los echa en este saco.


¡Ay qué horror! El campesino
lo lleva luego al molino.


- ¡Por favor, vuestra merced,
presto este saco moled!


Y, así, todo el contenido
fue en el embudo metido.


¡Riqui, raque! Podéis ver
los pedacitos caer.


Y también cómo han quedado 
molidos con gran cuidado


Las aves del molinero
se lo zampan por entero.

A Wilhelm Busch se le considera padre del comic, no sólo por los recursos gráficos empleados o esos finales irónicos que convierten en chiste nada moralizantes los crueles castigos, sino porque los famosos Katzenjammer Kids tiene una deuda muy evidente con Max y Moritz. El magnate periodístico Randolph Hearst, en cuyos periódicos nació el cómic, había leído la obra de  Busch en su juventud y ante el éxito que estos pilluelos habían conseguido, encargó una adaptación de ellos al dibujante Rudolph Dirks para publicarlos en el suplemento dominical de su periódico.



Pese al gran éxito que tuvo la obra de Wilhelm Busch, este genial pintor, dibujante y caricaturista tuvo  una vida de gran  sencillez, no entendiendo en su vejez los honores que le pretendían dispensar. Un buen ejemplo de ello fue la manera en  que Wilhelm Busch  intentó evitar por todos los medios la celebración de su septuagésimo cumpleaños. Lo consiguió -para ello un día antes de la fecha  huyó a casa de un sobrino que no le esperaba- pero lo que no pudo evitar es la infinidad de regalos y honores que tenía a su vuelta -desde la felicitación del propio emperador Guillermo II, quien le agradecía los buenos ratos que le debía, hasta  un cuadro mandado desde el Congo en el que estaban retratados dos gemelos que, como no, se llamaban Max y Moritz-.

Además de Max y Moritz (1865) escrita en siete tiras, una por travesura, en la que nos narra las aventuras de  esos dos chiquillos traviesos y bastante atravesados que aterrorizan a algunos vecinos de un pequeño pueblo, Busch es autor de títulos como Hans Patachula, El cuervo de la desgracia o Plisch y Plum.

Os dejo el enlace al prólogo y cada una de las siete travesuras de Max y Moritz que ZR100 Cuentos de boca ha publicado. Esperamos que las disfrutéis.



martes, 12 de noviembre de 2013

Max y Moritz. 4º travesura


CUARTA TRAVESURA

Sólo escribir y leer
no hacen al hombre de valer,
ni el aprender de memoria
de muchos reyes la historia,
ni hacer cuentas de sumar,
restar o multiplicar
logran un hombre completo
y que merezca respeto,
sino hacer que lo enseñado
se comprenda con agrado.
El maestro Bruno Lempo
era de esto un gran ejemplo.

Max y Moritz, si podían,
por clase no aparecían
y siempre, cuando allí estaban,
se reían e incordiaban,
pues con bondad no se ablanda
aquel que en maldades anda.

Lempo, que era un hombre flaco,
amaba mucho el tabaco
y, con la pipa en la boca,
su alegría no era poca.
Y, aunque es un vicio fumar,
a él se le ha de perdonar,
pues, para olvidar la pena,
el tabaco es cosa buena.

Y la pareja terrible 
hacía su vida imposible,
mas, no contentos con esto,
pensaba darle ya el resto.
Mientras que en el templo estaba
y en el órgano tocaba
una bella melodía,
por ser festivo aquel día,
Max y Moritz en su casa,
tienen manos en la masa.
En su pipa echan ahora
un puñado de pólvora.
Y luego han de darse prisa,
pues ya se acabó la misa.
Cuando Lempo ha terminado,
la iglesia a llave a cerrado
y, con muy santa alegría, 
da por acabado el día.

Hechos están los negocios
llegó el tiempo de los ocios.
Da mil gracias al señor
de tener casa y calor.
Y comienza a preparar
su pipa para fumar.
"¡Ay!, ¡qué gran felicidad
es tener tranquilidad!"
¡Plum! Tan pronto la ha encendido,
se oye un terrible estampido:
taza, vaso y cafetera,
caja de tabaco entera,
la tinta con el tintero,
sin ceniza el cenicero,
el hornillo y el sillón,
todo vuela en la explosión.
Cuando el humo se disipa,
ved a Lempo sin la pipa.
Vivo está, aunque chamuscado,
pues lo suyo le ha tocado.
Nariz, cara, oreja y mano
son como de un africano.
De su escasa cabellera
ni un pelo queda siquiera.

¿Quién aumentará la ciencia?
¿Quién dará ahora con paciencia
las magistrales lecciones
si hay que estar de vacaciones?
¿Qué alegra a Lempo la vida
si su pipa está partida?
Cuando algún tiempo pasó,
el maestro se curó.
La que no tuvo remedio
fue la pipa, rota en medio.

***

Y, tras esta travesura,

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Max y Moritz. 3º travesura


TERCERA TRAVESURA

Todo el pueblo conocía
a un sastre, que allí vivía.
Manuel Cabré se llamaba
y trajes confeccionaba,
abrigos y pantalones,
zamarras, fracs y calzones.
Y cualquier roto que hubiera,
en codo, espalda o pernera,
Cabré, con todo su amor,
lo arreglaba, ¡sí señor!
Si algo había que repararse,
no había que preocuparse,
pues el sastre hasta un botón
pegaba con ilusión.

Y de un pueblo agradecido
satra Cabré era querido.
¿De todos? No, que áun había
quien su vida triste hacía:
Max y Moritz, ¡qué desastre!,
hacía sufrir al sastre.

Muy cerquita de su casa
un pequeño río pasa.
 Para cruzarlo deprisa
hay allí una tabla lisa,
que suele servir de puente
para el sastre y su cliente.
Max con Moritz algo trama,
pues ya su cara me escama.
Y, con la intención más perra,
trabajan ya con la sierra
haciendo un corte en el puente
sin que los vea la gente.
Luego empieza a gritar:
-Vente aquí, satre Cabré,
déjate ya de "cosé",
que de tu hilo y aguja
te pareces a una bruja.
Y ya nunca se te ve,
¡Manuel Cabré, me, me, me!

El buen sastre manso era
y nada le desespera,
mas aquello es demasiado
y hasta él mismo está enojado.
Con su vara de medir
les sale ya a sacudir.
Ni aun así callan los chicos:
-¡Me, me, me! -siguen sus picos.
Ya está el sastre sobre el puente,
cuando un crujido se siente.
Y en aquel momento justo,
¡ay, Dios, qué terrible susto!
la tabla en dos se partió
y el sastre al río cayó.
Max dijo entonces: "¡Olé, 
al agua, Manuel Cabré!"
Dos ocas había en el río
cuando sucedió este lío.
El sastre agarró sus patas,
para ellas fue una lata,
y se alzaron en un vuelo
tirándole luego al suelo
 El golpe y la mojadura
le dejan gran amargura.
 Y se apoya con fatiga
y con dolor de barriga.
Gracias a Dios es su esposa,
una mujer hacendosa,
que, con la plancha en el vientre,
le pone sano y caliente.

El pueblo, que se ha enterado,
respira al verle curado.

***

Y, tras esa travesura,


viernes, 1 de noviembre de 2013

Max y Moritx, de Wilhelm Busch. 2º travesura.




Segunda Travesura

Aunque algún tiempo le cuesta,
la viuda, ya algo repuesta,
va olvidando la tristeza,
y pasa por su cabeza
que sus aves tan queridas,
de nuevo, bien reunidas,
tendrían entierro honroso
en un asador sabroso,
recibiendo así alabanzas
de algunas alegres panzas.

Claro está, siente aún dolor
grande, como fue su amor,
al ver allí desplumadas
a sus gallinas amadas,
que muy poco tiempo atrás
gozaban como el que más
picoteando en la arena
para hallar comida y cena.
 Frau Bolte, ay, de nuevo llora
y el chucho triste está ahora.
Max y Moritz lo han olido
y no lo echan en olvido.
Rápidos van al tejado
para ver de allí el asado, 
que se dora en la sartén
y huele requetebién.
   La viuda sale a buscar
chucrut para acompañar.

Con el pollo está tan rica
que la lengua le pica.
Entre tanto, en el tejado,
la pareja ha preparado
unacaña con anzuelo
que va del tejado al suelo.
-Olé, ¡ya pescamos uno!
-dice Moritz, el muy tuno.
-Ahora el segundo picó,
¡qué doradito quedó!
-El tercero está en mi mano,
de todos es el más sano.
-El cuarto ya lo tenemos,
¡qué banquete nos daremos!
No les importa que el chucho,
allá abajo, ladre mucho.
Y luego, como en un vuelo,
están de nuevo en el suelo.

Al poco la viuda llega
y cree quedarse ciega,
pues lo que ve no es posible:
¿Se ha hecho el asado invisible?
-Me las pagarás, bribón
-dice al perro sin razón.
Y, con la cuchara armada,
lo persigue hasta la entrada.
El chucho, que no ha pecado,
se siente muy maltratado.
Max y Moritz, escondidos, 
roncan como dos bandidos.
Todo el asado han zampado
y los dedos se han chupado

Ahora están tras una mata:
en cada boca, una pata.

***

Y, tras esta travesura,
la tercera se apresura.

 
Por si queréis seguir leyendo, os dejamos el enlace a las otras travesuras: