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sábado, 29 de marzo de 2014

Azul Azulino, de María Peña Lombao


Camiones y más camiones de moras subían por el árbol donde vivía Azulino. Debajo, entre zarzas, las cabras salvajes recolectaban el fruto, los topos se encargaban de llenar los camiones y las ardillas subían la mercancía a toda prisa. Se trataba de que Azulino comiese el máximo número de moras por minuto, para poder estar bien gordo cuando llegasen los eucaliptos. Cuanto más comía Azulino, más plumas le crecían. Llegado el momento, tendría que esfumarse de un golpe, como siempre, en un gran ¡Pluf! que cubriese el bosque de Eume de millones de plumas azules.


Era muy temprano, el sol casi no alumbraba y Sofía y Dama ya estaban en la cabaña del viejo Eume preparando litros y más litros de pócima secreta que tiñe a la gente de azul. Para conseguir la receta, Sofía habló con las plantas de tallos rojos, finos y largos y también con la nube azul. 

 
La nube llovió más fuerte que nunca y los zorritos que Flequillo dirigía, se encargaban de recoger el agua en la gran olla gigante. Con la cuerda de la niña de los ojos del bosque, colgaron la olla del techo de la cabaña y con el mechero que Sofía llevaba siempre encima, encendieron el fuego a la primera. Los pájaros del bosque lo mantenían siempre encendido. Mientras Dama removía la sopa mágica, Sofía calculaba los ingredientes: agua de la nube, esencia de abedul blanca como la leche y almendras tostadas en azúcar. 


Durante toda la noche, mientras Sofía y Dama dormían, los jabalíes y los ciervos se encargaron de limpiar los caminos que llevan al río y de ordenar un poco los enormes prados que rodean al bosque. La fauna del verde paraíso atlántico se había pasado las últimas diez horas trabajando. Antes del mediodía, sólo quedaban por teñirse de azul las plantas y los árboles que vivían en las montañas que rodeaban la parte más estrecha del río, donde vivían los árboles abuelos. Las pisadas de los eucaliptos se oían cerca muy cerca y Sofía le dijo a la nube azul que se fuese corriendo a regar aquella zona. Así que se fue la nube corriendo y Sofía gastó las últimas cucharadas de esencia de azul de Eume en los animales que quedaban por teñir.

 
El río estaba cada vez más azul, pues como nace en la cabaña, Sofía le dio de  beber al río una gran cantidad de pócima. Azulino estaba gordo como una bola y los animales que le habían alimentado durante toda una noche y toda una mañana, corrieron a bañarse de azul al río. Las liebres les habían acercado al árbol unos buenos vasos de pócima, así que no tardaron mucho en ponerse azules como el espíritu del bosque: Azulino. 


Ya todos los habitantes eran azules, incluidos los insectos, los pájaros, las hojas caídas y las grandes piedras vecinas de la Roca de Julio. Allí se reunieron de nuevo todos los animales y esperaron la llegada de Sofía. No faltaba nadie, sólo Flequillo, Sofía, Dama y Lubina, que vigilaba en el mar. Un gran aullido hizo temblar el bosque. Sofía volvió a lomos de Flequillo corriendo más rápido que nunca, seguida por una enorme cola de saltamontes que aún bajaban de la montaña. Mientras saltaban esquivando matorrales y zarzas, Sofía rodeó su boca con las manos, apretó los ojos y al galope, con la ayuda del eco gritó:

- ¡Azulino! ¡Ahora!

Los salmones subían a toda velocidad río arriba. Detrás venía Lubina, nadando deprisa delante del bus del río, la barca de lana cargada de pulpos, mejillones y sardinillas que también eran azules como el atlántico. Azulino ¡Pluf!, un enorme ¡Pluf! 

Llovieron plumas, las plumas más azules y más suaves que jamás había visto Flequillo. Azulino explotó en silencio millones de pequeñas plumas que taparon todas las copas de los árboles, los caminos y las piedras. Hasta la hierba más pequeña, desde el cielo, era azul Azulino. 

-       ¡Al río!



Y con esas palabras de la pequeña Sofía, una estampida de animales se fueron colocando en fila a los largo de las dos orillas del río Eume. Los animales de una orilla miraban en silencio a los animales de la otra orilla, deseando que el plan de la niña de los ojos del Eume funcionase. Con sus sandalias amarillas teñidas de azul, con su perra hecha una bola azul y con su pluma azul prendida en la diadema, Sofía vio de lejos las copas de cientos de árboles altísimos. Eran lo único verde que asomaba en aquel paisaje, se veía con claridad que estaban a punto de entrar en la ría. 

- ¡Al suelo!

            Los animales se agacharon y los árboles se quedaron quietos como el hielo. Y si quieres saber la que se va a armar, ahora tienes que dormir, para poder soñar y mañana contarles a todos,  las aventuras que han de pasar.

 


Texto: María Peña Lombao
Ilustraciones: René Magritte 

sábado, 22 de marzo de 2014

Plumas azules



Flequillo recogió a Sofía y Dama a las diez en punto. Atravesaron el bosque en silencio. Con Dama en la cabeza, Sofía se subió a lo alto de la Roca de Julio y colocó a todas las criaturas del bosque a su alrededor.
A las diez y cuarto, los topos reflectantes, los murciélagos, los zorros, los salmones, las lubinas, los lobos, las lagartijas, los gorriones, las garzas, las bandadas de estorninos, los lobos, las liebres, las cabras, los tigres de la zona y todos los animales que os podáis imaginar, esperaban las órdenes de Sofía:

-        ¡Lo primero es!

Y todos los animales levantaron las orejas…

-        ¿Por qué los eucaliptos quieren venir a vivir aquí? –dijo Sofía en voz alta


El auditorio de pájaros, mamíferos, insectos y peces se quedó con la boca abierta…

-        Porque aquí tenemos agua y humedad, en Galicia llueve mucho. Ellos quieren vivir en el bosque y alrededor del río y secar nuestro suelo y crecerán tan altos que apenas veremos el sol.

Las copas de los árboles del bosque, desde la última montaña tierra adentro hasta el último arbusto que crece al lado de la playa, se estremecieron. Un viento sacudió el pelo de Flequillo, que se encontraba en la piedra más alta de aquella ladera, vigilando la llegada de los árboles de Australia.

-        ¡Lo segundo es!
Y todos los animales abrieron mucho los ojos…

-        Tenemos que impedir que los eucaliptos se paren aquí. Tenemos que desorientarlos para que se vayan a otra parte. Tenemos que esconder el bosque.

Y todos los animales se subieron en las dos patas traseras y los pájaros abrieron las alas y  los peces se pusieron de pie…

-        ¡Lo tercero es!

El público que ya no aguantaba la curiosidad por conocer el plan, abrió la boca tanto que a algunos de ellos les dio el hipo. Hip! Hip! Y los compañeros les sacudían con palmaditas en la espalada para que se les pasase.

-        El viejo Eume inventó el río azul, así que nos cubriremos todos con azul y pensarán que somos mar y pasarán de largo. Lubina: vuelve al mar y manda al mensajero salmón más rápido en cuanto los veas venir. Flequillo: silva fuerte como nunca y todos nos agacharemos y de tan azules que nos vamos a poner, parecerá que este bosque nunca ha existido.

De entre todos los topos reflectantes, que se pusieron gafas de sol como los murciélagos, uno le tiró del vestido a la pequeña Sofía.

-        ¡Ps! ¡Pssss! …señorita, ¿y cómo piensa la señorita que nos convertiremos en azules?


-        Muy fácil topo: tenemos que darle de comer a azulino tanto, tanto, tanto que del empacho al esfumarse bañe el bosque de plumas azules de la playa hasta la montaña más alta. Así quedarán cubiertos los caminos y los árboles. En casa del viejo Eume fabricaremos una pócima que beberemos para ponernos azules.

-        ¿Y que pasa si nos descubren?

-        Tenemos un plan B: los zorros pequeños, las cabras, los conejos y las hormigas se encargarán de recoger moras y en caso de que nos descubran tendremos que cubrir a azulino de moras para que les asuste y los murciélagos tendrán que maullar como si fueran gatos del aire.

-        ¿Y un plan C, señorita Sofía?

-        El plan C, topo, lo sabréis si es necesario ponerlo en marcha –y Sofía dirigió su mirada hacia el árbol más alto del río.

-        Azulino, ¿has oído bien? Come mucho, come mucho, mucho, mucho aire. Y nada de nubes de aquí en adelante hasta nuevas órdenes.

Azulino soltó una pluma en señal de afirmación. La pluma cayó en la cabeza de Dama. Dama puso la pluma en la diadema de Sofía y todos los animales del bosque se dispersaron. Unos a recoger moras, otros hacia la cabaña de Eume y otros recogieron ramas para abanicar a Azulino y que engordase mucho.

Todos se pusieron manos a la obra. El zorro Flequillo vigilaba desde lo alto de bosque, Lubina en el mar. Sofía encendió las sandalias amarillas y sobrevoló el terreno con Dama en brazos. Llegaron hasta hasta la cabaña del viejo Eume. Allí, donde estaban las plantas rojas y la nube que siempre llovía, Eume creó el fuego. Y después creó el agua para salvar el bosque del incendio que sin querer había creado. Allí, donde el río nace, se encontraban todas las familias de animales dispuestas a beber la pócima que les teñiría de azul. Llegaban mareas de animales que hacían cola a la puerta de la cabaña de madera, que más parecía una parada de bus. Dama se sentó delante de la olla gigante que aún reposaba sobre unos leños y Sofía se fue a hablar con las plantas de tallo rojizo que ya empezaban a tener brotes verdes. Tal vez, ellas sabrían la pócima que tiñó la nube que vive encima de la cabaña, la nube azul que todo lo moja de azul.


Era cuestión de horas que los eucaliptos llegasen al río que lleva el nombre del viejo Eume. No había un minuto que perder. Oscurecía en Galicia y en el bosque nadie paraba de trabajar. Sofía volvió a casa con la seguridad de que Flequillo la despertaría si el momento azul había llegado. La niña de los ojos del río Eume dejó su pluma azul en la mesilla y se fue a dormir para poder soñar, y mañana contarles a todos, las aventuras que han de pasar.

Texto: María Peña Lombao
Ilustraciones: Gustav Klimt

sábado, 8 de marzo de 2014

Eucalipto, de María Peña Lombao

Vendría la guerra. Sofía no paraba de pensar en que la guerra venía de camino y había que evitarla como fuese. Azulino, la gran  llama de plumas azules, le advirtió a Sofía que se acercaba una guerra de árboles. Una especie nueva de Australia quería colonizar el bosque de Eume y los árboles que vivían allí hace miles de años, estaban preparados para defender su territorio.

 
Sofía y Dama salieron de casa del abuelo preparadas para la gran aventura. Después de seguir pistas y más pistas por las montañas y el río, por fin descubrieron cual era su misión en el bosque. Se pusieron a andar en dirección a la Roca de Julio pensando en reunirse allí con Azulino y y Flequillo. Detrás de ellas, caminaban montones de ardillas, erizos, conejos, cabras y todos los animales que vivían en el bosque. Sofía que iba muy concentrada y no se dio cuenta de que todas las criaturas del bosque se habían levantado para seguirla. Dama -que sí se dio cuenta-, jugaba con las crías de tigre que le tiraban del rabo. Las pequeñas cabras le tiraban del rabo a las crías de tigre y así todos en manada, con los bebés del Eume al frente, seguían a Sofía y Dama con la intención de ayudar en la defensa de los árboles del bosque.
Cuando llegaron a La Roca de Julio, Sofía vio que la estación de metro estaba abierta. Por un lateral de la piedra empezaron a subir los topos reflectantes uno detrás de otro y Sofía le preguntó a uno de ellos:
-        ¿Hoy no trabajáis topos?
-        Hoy el metro está cortado. Hoy no se trabaja en el bosque. Todos los animales estamos esperando una solución para ayudar a nuestros amigos los árboles en esta batalla
-        Pero… ¿todos, todos, todos los animales del bosque estáis esperando?


El topo le indicó con el hocico que mirase para atrás y Sofía no pudo más que sorprenderse al ver la cantidad de animales que tenía de su parte. Había algunos viejos conocidos pero también cientos de habitantes del Eume que la pequeña aventurera desconocía. Al darse la vuelta Sofía, Dama y todos abuelos y crías de todas las especies posibles, se sentaron a oir a Sofía. Hasta los murciélagos estaban allí, apoyados sobre las cabras más viejas. Las crías de lobo, con lo traviesas que son, se sentaron atentas y obedientes para escuchar a Sofía. Dama soltó un ladrido mirando al río porque una masa de espuma blanca estab subiendo por el Eume. Eran los que faltaban, salmones, truchas y… lubinas.
-        ¡Lubina! ¡Tú también!
-        ¡Cómo iba a faltar! Hombre…  tuvimos que subir a nado porque hoy el bus no funciona, pero estos salmones tan atractivos nos enseñaron el camino de agua salada que atraviesa el río y la verdad que teneis un río bien cómodo de nadar, Sofía. Creo que mis lubinas y yo podremos ayudar desde el agua.
Todos, todos los amigos de Sofía estaban allí. El bosque atlántico quedó en silencio. Eran las once de la mañana más o menos cuando apareció Flequillo. Sofía se subió a lomos del Tigre con gafas y se abrieron paso entre la multitud de animales dispuestos a pelear por sus amigos abedules, fresnos y castaños. Topos, conejos, gatos salvajes, caballos, lobos, cabras, murciélagos… todos miraban a Sofía con los ojos muy abiertos y la veían dirigirse al árbol de azulino.
Una vez allí, Sofía miró hacia la última rama de aquel árbol azul y le dijo al cielo:
-        Azulino, estoy aquí para ayudaros. Ven y dime qué guerra es esa que tiene atemorizadas a todas las criaturas del bosque.

Una bola de plumas azules descendió por el árbol dejando tras de sí una polvareda azul.
-        Se llaman Eucaliptos. Es una especie de árboles que viene de Australia. Quieren quedarse a vivir en el Eume. Es una especie invasora que seca la tierra. Si se asientan en esta zona secarán todos los árboles porque son ladrones de luz y agua. Son tan altos que el valle y el monte quedarán en sombra para siempre. Los árboles de aquí no verán la luz, no beberán agua, no podrán crecer ni brillarán sus hojas.
-        ¿Cómo son esos árboles? ¿Cómo los reconoceré?
-        Son tallos finos y altos, con hojas alargadas. Crecen muy rápido. Flequillo –le preguntó azulino- ¿Cuál es el árbol más viejo del Eume?
-        Este donde vives, Azulino
-        Exactamente, Flequillo…
Y mirando a Sofía siguió explicándole a ella y a todo el bosque los peligros que acechaban:


-        Este árbol tiene trescientos años y mide unos diez metros de alto. Un eucalipto adulto llega a medir hasta quince metros de alto en menos de diez años. Cuando son pequeños el color de sus hojas es gris y crecen hasta en medio de las rocas. Si llegan al cañón del Eume, allí donde están los árboles viejos viven entre las rocas, el agua y los helechos, habremos perdido los árboles más sabios del atlántico. Los árboles del cañón son habladores y fueron los primeros árboles que nacieron cuando el viejo Eume nos regaló el río. Este es un bosque atlántico, el océano atlántico es nuestro vecino. Los eucaliptos vienen de otro océano, el Pacífico. Allí tienen otras normas, otros hábitos, otras costumbres.
-        Hmmm… eucaliptos. Ese es su nombre… y… ¿cuántos vendrán? ¿Y cuándo?
-        Están a punto de llegar, la tierra tiembla más cada día. Escucha.
Lo cierto es que se oían pasos de árboles cada vez más cerca.
-        No descansan, no duermen, vienen derechos desde el pueblo –le dijo Azulino a Sofía- Mañana tal vez estén aquí. Vendrán cientos.
-        Necesito trazar un plan

-        El bosque así lo espera, eres la niña de sus ojos.
-        Ahora voy a cenar con mi abuelo.
Sofía dirigió su voz y su mirada hacia la enorme reunión de animales de todas las especies y les dijo:
-        Mañana a mediodía os espero aquí a todos. Ahora descansad en vuestras guaridas y comed ración doble antes de iros a la cama, pues cuando todo empiece, tal vez no tengamos tiempo ni para comer ni para dormir.
Todo el batallón de animales, pájaros incluidos, asintió a la vez. Los animales que ayer correteaban libres por el bosque, se convertirán en guerreros a partir de mañana.
-        Flequillo, ¿mañana me vienes a buscar? No quiero malgastar la batería de mis sandalias amarillas
-        Claro Sofía. Os recojo a las dos a las diez de la mañana.


Sofía cenó con su abuelo y Dama se dedicó a comer mucho, tanto que se quedó dormida antes de que Sofía apagase la luz de la mesilla.
-        Buenas noches abuelo
-        Buenas noches Sofía: a dormir, para poder soñar y mañana contarles a todos, las aventuras que han de pasar.

Ilustraciones: Pablo Picasso
Texto: María Peña Lombao

sábado, 22 de febrero de 2014

El aire del desierto, de María Peña Lombao


Cada día de vacaciones en el bosque Sofía conoce lugares y gente nueva y siempre la acompaña su pequeña amiga Dama.
 

Hoy es viernes. Para Sofía y su abuelo Antón empieza el fin de semana. Los fines de semana él baja al pueblo a hacer recados y a visitar a algunos amigos y ella se pierde por el bosque desde la mañana hasta la tarde. Así que los viernes, los sábados y los domingos por la mañana, su abuelo les deja unos bocadillos en la mesa de la cocina y se va de compras todo el día.

Sofía y Dama salieron de casa muy temprano con las mochilas cargadas de comida, la cantimplora con limonada y las sandalias amarillas con la batería llena. Fueron derechas a la Roca de Julio porque ayer descubrieron que desde aquella gran piedra empezaría su aventura. Caminaron muy animadas porque tenían todo el tiempo del mundo para seguir buscando a Azulino. Sofía recordó en voz alta que la parada de metro de la Roca de Julio en realidad se llamaba Meca y que Meca significaba agujero en el idioma de los topos.

De camino, se encontraron a Flequillo limpiando los cristales de sus gafas redondas. Mientras hablaban de Meca, Sofía se dio cuenta de que sus gafas eran parecidas al marco de los cristales que decoraban la parada de metro que se llamaba Meca. Pero siguieron hablando y Sofía le preguntó al zorro amarillo de bigotes verdes:

-        Flequillo, ¿por qué los topos le llamaban agujero al bosque? Yo pensaba que agujero es donde ellos viven… pensaba que las líneas de metro donde conducen los topos eran agujeros…

Flequillo, que era un zorro que lo sabía todo del bosque gallego donde había nacido, le dijo a Sofía:

- Depende como lo mires, Sofía: para nosotros que vivimos en el bosque y bebemos agua del río, los topos viven en agujeros bajo tierra. Para ellos, que viven en agujeros bajo tierra, esta maravilla de paisaje, con los pájaros, los árboles y toda esta hierba, les parece un agujero. A nosotros nos parecen oscuras sus madrigueras y a ellos les pasa al revés. Además, los topos son ciegos y sordos y se mueven guiados por el tacto. Los topos le llamaban Meca al bosque del Eume porque para ellos, el agujero es el mundo exterior.

-        ¡Ala! ¿Siempre es de noche para ellos?
-        Uy, sí, siempre es de noche. 
-     Flequillo, ¿y sabías que el lugar que llevo buscando toda la semana es la Roca de Julio? ¡Mira que dimos vueltas! ¡Y todo para llegar a la Roca de Julio!
-       A veces conocemos lugares maravillosos donde todo de repente puede ser mágico, pero no nos damos cuenta porque estamos acostumbrados a ir siempre por el mismo camino. Ahora que llegaste a la Roca de Julio por el suelo, te gusta más, ¿a que sí?
-        Sísísí, ¡mucho más!
-        Pues a disfrutarlo Sofía ¡Nos vemos!

Y sentadas sobre la piedra más famosa del bosque, sin ellas saberlo hasta ayer, Flequillo dejó a las dos aventureras dispuestas a encontrar más pistas. En cuanto Sofía y Dama le perdieron de vista por encima de los árboles salió una voz muy grave que cantaba una sílaba: aaaaaaaaa… Y después: iiiiiiiiiiiii… Y después: uuuuuuuuu…. Y como tenían hambre, abrieron los bocadillos y se los zamparon mientras escuchaban las vocales que resonaban en todo el bosque. Cuando acabaron de comer, se levantó un viento cálido. Tan cálido que Sofía y Dama empezaron a sudar y a sudar y a sudar allí sentadas en la Roca de Julio. Y el viento se hizo naranja y de golpe aparecieron los músicos murciélagos con panderetas que marcaban el ritmo de aquella voz grave. El aire se hizo más naranja, parecía que era de noche: una noche naranja con montañas de arena roja que volaban por el aire. Era el viento del desierto. Sofía sudaba mucho y miró a los murciélagos y les dijo:


-        ¿Podría hacer alguien el favor de echarme un vistazo? ¡Tengo mucho pero mucho calor!

Sofía se tumbó boca arriba con las piernas juntas y los brazos abiertos a respirar muy profundo mientras Dama la abanicaba con un racimo de helechos recién cortados.

Pasados unos minutos el viento paró y todos los murciélagos, con sus gafas de sol y sus zapatillas blancas, dejaron de tocar la pandereta y se colocaron en el suelo detrás de la cabeza de Sofía. El calor desapareció de repente y aquella sílaba larga dejó de sonar. Sofía, que aún estaba tumbada, se levantó y se dio la vuelta para hacerle mil y una preguntas a la orquesta de murciélagos. Al ponerse de pie se dio cuenta de que con el sudor de su cuerpo había dibujado una flecha en la Roca de Julio ¡Qué sorpresa! Y con la frente muy seria y los puños apretados, Sofía se puso a correr siguiendo la dirección de la flecha. Se estaba haciendo de noche y no podía perder ni un minuto de luz.


Corrió y corrió por el aire sobre sus sandalias amarillas. Tan deprisa que no se dio cuenta de que los murciélagos habían desaparecido como por arte de magia.

Dama la siguió entre los matorrales hasta que tropezó sus piernas y asomó la cabeza entre ellas. Sofía estaba de pie ante un árbol bien raro: era un árbol azul y allí estaban durmiendo todos los murciélagos boca abajo. Se estaba haciendo de noche, así que sin pensar dos veces en lo que tenía delante de sus ojos, colocó a su perra sobre la cabeza y corriendo otra vez muy rápido por el aire llegaron justo a tiempo a casa del abuelo. Charlaron, cenaron y rieron juntos como todas las tardes.

Mientras se abrochaba el camisón sentada en la cama, Sofía le confesó a su perra todas sus ideas sobre el árbol donde estaba escondido Azulino. Las dos cerraron los ojos convencidas de que pronto, muy pronto, encontrarían a Azulino. 

Pero para saber si las dos aventureras descubrirán mañana el secreto del bosque, ahora hay que dormir, para poder soñar y mañana contarles a todos, las aventuras que han de pasar.

Ilustraciones: Mark Rothko
Texto: María Peña Lombao

Si queréis continuar leyendo aventuras de Sofía y Dama os dejamos los enlaces de algunas publicadas. 



 
 


sábado, 8 de febrero de 2014

La Cruz de Ayer, de María Peña Lombao


Desde que Sofía se propuso encontrar el mapa de Eume, soñaba que se encontraba con azulino. Soñaba que se sentaban en la Roca de Julio y Sofía le preguntaba todas las dudas acerca del misterio que guardaba el bosque: le preguntaba si era un tesoro, un fantasma, un paraíso escondido. Pero eran sólo sueños, porque azulino igual ni conocía la Roca de Julio.


  Sofía soñaba mucho y daba vueltas en la cama y se enrollaba en el edredón de lana que su abuelo le tejió para el verano, porque en verano en el monte hace frío por las noches. 

A la mañana siguiente de encontrar la cruz, Sofía no se acordaba si era roja, azul o amarilla, porque andaba medio dormida y a veces al despertar se confundía lo que había soñado con lo que había vivido. Desayunó un poco y salió de casa adormilada mientras Dama se iba lavando la cara por las pozas que se formaban a la orilla del camino que bajaba al río. Sofía iba peinada con su diadema por detrás del flequillo y tenía las sandalias amarillas con la batería llena. Como no se encontraba tan despierta como para conducir por el cielo prefirió ir espabilando por la tierra, con el fresco de los árboles húmedos y la luz del sol empezando a calentarle las mejillas.


Las dos aventureras fueron en línea recta hacia la cruz de ayer. Iban muy preparadas para lo que pudiera ocurrirles buscando el mapa de Eume; Dama con su cantimplora y Sofía con su cuerda y su mechero. Habían aprendido cuales eran las hierbas sabrosas del campo y las masticaban todo el tiempo, mirando siempre hacia delante. Dama iba olisqueando todas las ramas que Sofía apartaba.

- Vamos Dama, no te entretengas con esas cosas que tenemos que llegar a la Cruz de Ayer a buscar el mapa.


Allí estaban las plantas rojas y cuando vieron a Sofía, sus tallos largos se desperezaron y comenzaron a tintinear como campanillas. Donde se cruzaban las dos aspas, había un gran cuadrado con hierba verde muy cortada, parecía el césped de la casa del abuelo. Le preguntaron a las plantas que sonaban como campanillas dónde estaba el mapa.

- Planta roja, ¿sabes dónde está el mapa? ¿Y tu hermana sabe dónde está el mapa? ¿Y tu otra hermana lo sabrá?


Pronto se cansaron de preguntarles a todas aquellas plantas que no hablaban y decidieron sentarse encima de una piedra a pensar dónde estaría el mapa. Podía ser que estuviese enterrado debajo de alguna planta roja, podía ser que estuviese enrollado dentro de una planta roja, o podía ser que estuviese en el pico de alguno de los pájaros que de repente empezaron a volar en círculo alrededor de las aventureras. 

Un ruido venía de lejos, pero Sofía no se enteraba y seguía diciendo en voz alta todos los lugares en los que podría estar escondido el mapa. Dama la escuchaba dando brincos en la misma piedra en la que ella estaba con las piernas estiradas. Seguía y seguía nombrando en voz alta los escondites más rebuscados cuando de repente se calló y a Dama se le pusieron las orejas de punta. La piedra empezó a temblar y las plantas rojas dejaron de hacer tilín tilín tilín y empezaron a hacer tolón tolón tolón. La piedra sobre la que estaban sentadas tembló hasta que de golpe se abrió hacia abajo y las dos aventureras empezaron a gritar

- Ohhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!

  … las dos amigas se colaron por aquel agujero muy bien abrazadas hasta que cayeron en una manta transparente y mullida.


Dama se ajustó la cantimplora, que se le había quedado de sombrero. Sofía se recolocó la diadema y la chaqueta que se le había enrollado en la cara. Lo que tenía delante de sus ojos era un cartel que ponía “Ayer”. 

- ¡Dama! ¡Estamos en el metro! ¡En el metro de Madrid!

Dama se frotó los ojos y zarandeó la cabeza muchas veces y muy rápido. Sofía volvió a mirar el cartel, luego los raíles vacíos que tenían enfrente: no era Madrid, era el metro del bosque.
Entonces Sofía se dio cuenta de que la piedra en la que estaban sentadas hace unos minutos y que se abrió de repente era una boca de metro que se llamaba “Ayer”. Los vagones eran animales de color amarillo reflectante: eran del mismo color del chaleco que su abuelo se ponía para andar en bici. La mayoría de los pasajeros que montaban en metro eran insectos que iban al trabajo porque llevaban traje y maletín. Los que esperaban en el andén leían el periódico en tabletas electrónicas y bebían de unos vasos de cartón que echaban humo. 
- Aquí abajo -pensó Sofía- aún es invierno. 
Mientras Dama ligoteaba con uno de los vigilantes de seguridad que era muy peludo como ella y le parecía muy valiente, Sofía se preguntaba qué eran aquellos vagones de peluche. Le preguntó a un conejo que escuchaba música por los auriculares y el conejo le explicó muy amable que los vagones eran topos reflectantes:
- Así, con la cantidad de bombillas que hay en las paradas –le explicó el conejo- los vagones brillan y los pasajeros saben que el topo está quieto para que puedan subir
Cuando Sofía perdió de vista la matrícula del último topo la estación se quedó sin gente. En cuestión de segundos se dio cuenta de que delante de sus narices había un mapa del metro ¡Por fin!
-        ¡El mapa! – dijo Sofía en voz alta
Era un mapa de metro con muchas paradas y entre todas ellas, pudo leer el nombre de su abuelo: Antón
- Dama: hoy volvemos a casa en metro. Nos subimos en el siguiente.
  Así que las dos aventureras se mezclaron entre la multitud de animales que utilizaban el transporte público para moverse por debajo del bosque. El maquinista las avisó de que habían llegado a su destino. Se bajaron del topo y subieron por unas escaleras mecánicas hasta una piedra que estaba debajo de la ventana de Sofía. Las escaleras estaban hechas con raíces de árbol. Tal vez, eran las raíces del olivo donde le gustaba sentarse a leer a su abuelo después de regar las plantas. El abuelo dio un salto en la silla:
-        Sofía, ¡qué susto me has dado!
-        Jajaja, ¡abuelo!
-     Y yo mirando a la puerta del jardín para ver cuándo llegabais porque ya se está haciendo de noche.
 
-        ¡Te pillé abuelo! ¡Jajajajaj!
El abuelo frotó la cabeza de Dama y le dio un abrazo a su nieta aventurera:
-        Anda anda… que vaya susto me habéis dado. Venga, vamos a hacer algo de cenar que hay que irse a la cama pronto, a dormir, para poder soñar y mañana contarles a todos las aventuras que han de pasar.

Ilustraciones: Paul Cézanne
Texto: María Peña Lombao

Si queréis leer más aventuras de Sofía y Dama aquí tenéis los enlaces de todas las publicadas.