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viernes, 12 de diciembre de 2014

CUENTOS DE NAVIDAD: El sastre de Gloucester de Beatrix Potter

Hoy viernes queremos despedir la semana con un regalo, un precioso cuento de Navidad que Beatrix Potter escribió en 1903.

Estoy segura que pasaréis un rato estupendo leyendo esta bonita y mágica historia navideña y contemplando las siempre geniales ilustraciones del que era el cuento preferido de Beatrix Potter.

Si queréis conocer un poquito más la vida de esta escritora  podéis leer un artículo que escribimos para el blog hace aproximadamente un año cuando empezábamos (aquí). En aquel momento también publicamos otros cuentos de Beatrix Potter que, aunque no sean navideños, tal vez os apetezca leerlos (aquí).

Buen fin de semana y os esperamos el domingo con una preciosa entrevista a Menena Cottin.


THE TAILOR OF

GLOUCESTER

BY

BEATRIX POTTER

NEW YORK
FREDERICK WARNE & CO, INC
COPYRIGHT, 1903

"Busquemos un espejo por mi cuenta, y
a veinte o cuarenta sastres convoquemos"

W. Shakespeare, Ricardo III 


EL SASTRE DE GLOUCESTER

En los tiempos de espadas, pelucas y abrigos llenas de bordados con solapas de flores, cuando los caballeros llevaban volantes y chalecos con encaje dorado de seda de Padua, había un sastre que vivía en Gloucester.

Se sentaba al lado de la ventana de su pequeño taller en Westgate Street, encima de la mesa con las piernas cruzadas, desde la mañana a la noche.

Durante todo el día, mientras duraba la luz cortaba y cosía el raso, el brocado y la lustrina; telas con nombres extraños y muy caras para su época.


Pero pese a coser sedas finas para sus vecinos, era muy, pero que muy pobre: un viejecito con gafas, rostro cansado, viejos dedos deformes y traje raído.


Cortaba los abrigos sin desperdiciar nada, siguiendo el estampado de la tela, quedando encima de la mesa pequeños retales y recortes diminutos.

-Demasiado estrecho, únicamente nos vale para hacer chalecos para ratones, decía el sastre.


Un gélido día, cuando faltaban muy pocos días para la Navidad, el sastre comenzó a hacer una casaca de pana de seda de color carmesí, bordada con pensamientos y rosas, y un chaleco de satén color melocotón y cordoncillo de estambre verde, para el alcalde de Gloucester.

El sastre trabajaba y trabajaba, hablando solo sin parar. Medía la seda y le daba vueltas y vueltas, mientras cortaba el patrón con sus tijeras. La mesa se llenaba de retalitos color carmesí.

- No me da el ancho, ni aunque lo corte al bies. No da, no da. ¡Echarpes para ratones y cintas para gente menuda!- decía el sastre de Gloucester.

Cuando los copos de nieve comenzaron a golpear los pequeños cristales emplomados de las ventanas y se hizo de noche, el sastre dio por terminada su jornada de trabajo. Encima de la mesa quedaron los trozos de seda y rasos.


Había doce trozos para la casaca y cuatro para el chaleco. También estaban los bolsillos, los puños y los botones, todo bien colocado. Para el forro de la casaca había un delicado tafetán de color amarillo, y para los ojales del chaleco, había hilo de color carmesí. Todo estaba listo para ser cosido a la mañana siguiente. Todo medido y ordenado, solamente faltaba una bobina de seda de color carmesí.

El sastre salió de su taller en la oscuridad, pues no dormía allí por las noches. Cerró la ventana y la puerta, y se llevó la llave. Por la noche solamente solían estar allí los ratoncitos pardos, ¡y ellos no necesitaban la llave para entrar y salir!

Detrás de los zócalos de madera de todas las casas antiguas en Gloucester hay escaleritas y trampillas secretas para los ratones, y los roedores solían ir de casa en casa a través de los largos y estrechos pasadizos. Podían recorrer toda la ciudad sin tener que salir a la calle.


Pero el sastre salió de su taller y se marchó a su casa arrastrando los pies por la nieve. Vivía muy cerca de allí, en la plazuela de la Universidad, junto a la puerta de entrada al jardín. Y aunque la casa era pequeña, el sastre era tan pobre que sólo tenía alquilada la cocina.

Vivía solo con su gato, de nombre Simplón.


Durante todo el día, mientras que el sastre estaba en el taller, Simplón cuidaba de la casa. También era muy aficionado a los ratones, aunque no les daba tela para que se hiciesen gabanes.

- Miau- dijo el gato cuando el sastre abrió la puerta. -¿Miau?.

-Simplón, vamos a ser ricos -contestó el sastre-. Toma esta moneda, que son los últimos cuatro peniques que nos quedan y coge una jarra de loza. Compra un penique de pan, un penique de leche y un penique de salchichas. Simplón, con el último penique cómprame un penique de seda de color carmesí. Pero no pierdas el último de los cuatro peniques, Simplón, o estaré perdido porque ya no tengo más HILO.


-Miau- dijo de nuevo Simplón, y cogiendo la moneda y la jarra se perdió en la oscuridad de la noche.

El sastre estaba muy cansado y no se encontraba bien. Se sentó frente al fuego y comenzó a hablar solo acerca de la maravillosa casaca.

-Me haré rico... Cortaré al bies... El alcalde de Gloucester se casa la mañana del día de Navidad y me ha encargado una casaca y un chaleco bordado... forrado de tafetán amarillo... tafetán tenemos suficiente. Los retales que quedan solo sirven para hacer echarpes para ratones - El sastre se calló de repente al oír unos ruiditos desde la cómoda, procedentes del aparador que estaba al otro extremo de la cocina.

-¡Tip tap, tap tip, tip tip tap!-

-¿Qué puede ser?- dijo el sastre de Gloucester, saltando de la silla. El aparador estaba lleno de loza, pucheros, cuencos, platos decorados, tazas de té y jarras.



El sastre cruzó la cocina, y se quedó inmóvil junto al aparador, escuchando y mirando a través de sus gafas. Los extraños ruiditos salían de una taza de té.

-¡Tip tap, tap tip, tip tap Tip!-

-Esto es muy peculiar, dijo el sastre de Gloucester, y levantó la taza de té que estaba boca abajo.


De allí salió una pequeña ratoncita que le hizo ¡una reverencia! Luego bajó de un salto del aparador y desapareció por detrás del zócalo.

El sastre se sentó de nuevo junto a la lumbre, y murmuró para sí mientras se calentaba las manos.

-El chaleco está cortado en el raso de color melocotón, con sus capullos de rosa bordados con hermoso hilo de seda. ¿Habré sido prudente confiando mis últimos cuatro peniques a Simplón? ¡Veintiún ojales de hilo de color carmesí!

Pero de repente, desde el aparador, llegaron más ruiditos:

-¡Tip tap, tap tip, tip tip tap!-


-¡Esto que está pasando es muy extraño!- dijo el sastre de Gloucester, y levantó otra taza de té que estaba boca abajo.


De allí salió un pequeño ratoncito que saludo al sastre con otra reverencia.

Y entonces comenzó a oírse por todo el aparador un coro de pequeños golpecitos, todos sonando a la vez, haciéndose eco, como carcomas en una vieja ventana corroída.

-¡Tip tap, tap tip, tip tip tap!-

Y de debajo de las tazas de té y de debajo de los cuencos y de los tazones salieron más y más ratoncitos que bajaban de un salto del aparador y se escondían tras el zócalo.


El sastre se acercó más al fuego y continuó lamentándose

-¡Veintiún ojales de hilo de seda de color carmesí! Debo tenerlos terminados  antes del mediodía del sábado, y hoy ya es martes por la noche. ¿He hecho bien en dejar escapar a esos ratones, que sin duda pertenecían a Simplón? ¡Ay! Estoy perdido, no me queda más hilo.

Los ratoncitos volvieron a salir y escucharon al sastre. Se enteraron de cuál era el patrón de aquella maravillosa casaca. Cuchichearon entre ellos sobre el forro de tafetán y sobre los echarpes para ratones.

De pronto todos empezaron a correr juntos desapareciendo en el pasadizo que se encontraba detrás del zócalo, chillando y llamándose unos a otros, mientras corrían de casa en casa. Cuando Simplón volvió con la jarra de leche  ya no quedaba ni un ratón en la cocina del sastre.


Simplón abrió la puerta y entró de un salto, maullando furioso como un gato enojado: odiaba la nieve, y tenía nieve en las orejas, en el cuello y en el cogote. Dejó el pan y las salchichas en el aparador y olisqueó.

-Simplón-, dijo el sastre, -¿dónde está mi hilo?-

Pero Simplón dejó la jarrita de leche en el aparador y miró receloso las tazas de té. ¡Quería un ratón bien rellenito!

-Simplón-, dijo el sastre, -¿dónde está mi HILO?


Pero Simplón escondió a hurtadillas un paquetito en la tetera y bufó y gruñó al sastre. Si Simplón hubiera podido hablar, habría preguntado: 

-¿Dónde está mi RATÓN?   

¡Ay, estoy perdido!- dijo el sastre de Gloucester, y se fue a la cama con gran tristeza. Durante toda la larga noche Simplón buscó y rebuscó por toda la cocina, abriendo los armarios y mirando tras el zócalo y en la tetera dónde había escondido el hilo, pero no encontró ningún ratón. Cada vez que el sastre hablaba en  sueños, Simplón decía:

-¡Miau -marramiau-ssch!-

Y hacía unos ruidos extraños y horribles, como hacen los gatos por la noche. El pobre sastre que estaba muy enfermo y tenía fiebre, no dejaba de dar vueltas en su cama con dosel. Y en sueños seguía murmurando:

 -¡No me queda hilo, no me queda hilo!- 

Estuvo enfermo todo ese día y el día siguiente, y el siguiente. ¿Y que sucedió con la casaca color carmesí?   

En el taller del sastre en Westgate Street, la seda y el satén bordado esperaban sobre la mesa, con veintiún ojales, pero ¿quién los iba a coser si la ventana y la puerta estaban cerradas con llave?



Esto no era ningún obstáculo para los ratoncitos de color pardo, que entraban y salían sin llaves por todas las casas antiguas en Gloucester.


En las calles,  la gente iba al mercado caminando por la nieve para comprar sus gansos y pavos y se apresuraban para cocinar sus pasteles de Navidad. Pero no habría cena de Navidad para Simplón y el pobre sastre de Gloucester.

El sastre estuvo enfermo durante tres días y tres noches. Y llegó la víspera de Navidad. Era muy tarde y la luna se encaramaba por los tejados y las chimeneas, mirando desde lo alto  la entrada de la plaza de la Universidad. No había luces en las ventanas ni ruido en las casas. Toda la ciudad de Gloucester estaba profundamente dormida bajo un manto de nieve.

Simplón seguía buscando sus ratones y maullaba mientras permanecía junto a la cama con dosel.


Pero hay una historia muy antigua que dice que todos los animales pueden hablar desde la  Nochebuena hasta el día de Navidad por la mañana. Aunque hay muy poca gente que puede escucharlos o entiende lo que dicen.

Cuando en el reloj de la catedral dieron las doce sonó como un eco, respondiendo las campanas. Simplón lo oyó, y salió de casa del sastre y caminó errante por la nieve.

De todos los tejados, aleros y de las viejas casas de madera en Gloucester salieron un millar de alegres voces cantando alegres y antiguos villancicos. Canciones de toda la vida y alguna que no conocemos, como  la que habla de las campanas de Whittington.


 Los primeros en cantar bien fuerte fueron los gallos:

- ¡Arriba, señora, levántate a preparar sus pasteles!-

-¡Vaya, vaya!- suspiró Simplón.
 
En una buhardilla se veían luces y se escucaba música de baile, y los gatos se iban acercando.

-Tararí, Tararí, Tarari Hey, el gato y el violín! Todos los gatos de Gloucester excepto yo...!, dijo Simplón.

Bajo los aleros de madera, los estorninos y los gorriones cantaban canciones que hablaban de los pasteles de Navidad. Las grajillas se despertaron en la torre de la catedral, y aunque aun era de noche, rompieron a cantar los zorzales y los petirrojos. Llenaban el aire con alegres melodías.


¡Todo aquello era demasiado para el pobre y hambriento Simplón!

Estaba especialmente molesto con algunas vocecitas chillonas que salían de detrás celosía de madera. Creo que eran murciélagos, porque sus vocecillas son muy agudas, sobre todo cuando cae una gran helada y hablan en su sueño, como el sastre de Gloucester.

Su misteriosa canción decía algo así:

Buzzz, dice la mosca azul,  
hummm, dice la abeja,
Zumba que te zumba
en nuestras pobres orejas.

Simplón se marcho sacudiéndose las orejas como si tuviera una abeja dentro su sombrero.


Desde el taller del sastre en la calle Westgate salía una luz, y cuando Simplón se subió a la ventana para mirar, vio que estaba lleno de velas. Había un vaivén de tijeras, y un trasiego de hilos, y vocecitas ratones que cantaban alegres canciones:
Venticuatro sastrecillos
de caza han salido hoy
y la presa que persiguen
es un pobre caracol.
El mejor de todos ellos
ni a tocarlo se atrevió.
Caracol sacó los cuernos
y tras ellos se lanzó.
¡Corre, corre, sastrecillo
que te coge el caracol!

Y sin hacer la menor pausa las vocecitas continuaron cantando.


¡Muele la harina de mi señora, 
por el cedazo pásala ahora,
una castaña...
¡y que repose una hora!



-¡Miau! ¡Miau!- interrumpido Simplón mientras arañaba la puerta.

Pero la llave estaba debajo de la almohada del sastre y no podía entrar.

Los ratoncitos se rieron, y entonaron otra melodía:

Tres ratoncitos se pusieron a bordar,
pasó una gatita y los miraba sin cesar.
¿Qué hacéis, señores?
Una casaca para caballeros
¿Corto los hilos? No, dola gata,
porque tus uñas miedo nos dan.


-¡Miau! ¡Miau!- gritó Simplón.

-¿Tiriti tiritita?- respondieron los ratoncitos.

Tiriti tiritita, bello animal.
Los mercaderes de Londres van de
rojo tafetán;
Seda en el cuello,
y el oro en el gabán
Contentos y ufanos los mercaderes van.


Golpean con sus dedales para marcar el compás, pero a Simplón no le gusta ninguna de las canciones. Olisqueó y maulló en la puerta de la tienda.

Y después compré
con una monedita,
un jarro y una jarrita
una copa y una copita.

-... y encima del aparador de la cocina -añadido el ratoncito maleducado.

-¡Miau! ¡Scratch!
¡Scratch!- bufó Simplón en el alféizar de la ventana, mientras los ratoncitos en el interior se ponían de pie de un salto y comenzaban a gritar todos a la vez con sus voces cantarinas:

-¡No queda hilo! !No queda hilo!-

Y trancaron los postigos de la ventana dejando fuera a Simplón.

Pero a través de las rendijas de los postigos podía oír el ruido de los dedales y las vocecitas de los ratones cantando.

-¡No queda hilo! ¡No queda hilo!-





Simplón salió de la tienda y se fue a casa pensativo. Encontró el pobre sastre sin fiebre, durmiendo pacíficamente. 

Fue de puntillas y sacó el paquetito de hilo de seda de la tetera, y lo miró pensativo a la luz de la luna. Se sentía muy avergonzado de su maldad en comparación con aquellos ratoncitos tan buenos.

Cuando el sastre se despertó por la mañana, lo primero que vio sobre su vieja colcha hecha de retazos fue una madeja de hilo de seda de color carmesí y al lado de su cama al arrepentido Simplón.


-¡Ay, de mí!- dijo el sastre de Gloucester, -estoy agotado pero tengo el hilo. 

El sol brillaba sobre la nieve cuando el sastre se levantó, se vistió y salió a la calle con Simplón corriendo delante de él.

Los estorninos silbaban en las chimeneas y los zorzales y los petirrojos cantaban, pero solo emitían sus ruiditos habituales, no las palabras que habían cantado durante toda la noche.

-¡Ay, de mí!-dijo el sastre

-Tengo el hilo, pero las fuerza ni el tiempo, solamente me llega para hacer un ojal. Hoy es el día de Navidad por la mañana. El alcalde de Gloucester se casa al mediodía ¿y dónde está su casaca de color carmesí

Abrió la puerta de su taller en Westgate Street y Simplón entró corriendo, como un gato que espera algo.
¡Pero no había nadie! ¡Ni un solo ratoncito pardo!

El suelo estaba barridolos hilitos y los trozos de seda que no servían ya no estaban. No quedaba nada en el suelo.
  
El sastre dio un grito de alegría. Sobre la mesa, donde él había dejado trozos de seda, estaba la casaca y el chaleco de raso bordado más hermoso que un alcalde de Gloucester hubiera vestido jamás.


La casaca tenía rosas y pensamientos y el chaleco estaba bordado con amapolas y espigas.

Todo estaba terminado, excepto un ojal de color carmesí, y donde faltaba este ojal había prendido un trozo de papel con estas palabras, escritas en letra muy pequeñita:

NO QUEDA HILO

A partir de ese día cambió la suerte del sastre de Gloucester, que recobró la salud y se hizo muy rico.


Hizo los más bonitos chalecos para todos los comerciantes ricos de Gloucester y  para todos los elegantes caballeros que vivían en la comarca.

Nunca se han visto volantes, puños y vueltas bordados como aquellos. Pero lo que más éxito tenía eran sus ojales.

Las puntadas de aquellos ojales eran tan, tan perfectas que me pregunto cómo podían hacerlas un anciano con gafas, dedos retorcidos y dedal de sastre.

Las puntadas de aquellos ojales eran diminutas, tan diminutas como si las hubiese hecho un ratoncito.




FUENTES

 

martes, 11 de febrero de 2014

El mundo de... Beatrix Potter

Hoy en  El mundo de... os invitamos a descubrir el mundo de todo un clásico en esto de la literatura infantil, de la que ya hemos dado cuenta en otras ocasiones a través de sus libros (pinchando aquí accederéis a los libros que de ella hemos traducido). Estoy hablando de  la escritora e ilustradora británica Beatrix Potter.

Beatrix Potter nació en 1866 en Kensignton en el seno de una familia acomodada. Un dato que no puede pasar inadvertido pues en realidad lo que nos dice es que su familia entendía que la única manera noble de ganarse la vida era vivir de las rentas, de ahí que la vida de nuestra protagonista estuviese encaminada, desde su más tierna infancia, a cumplir con el destino que esperaba a la inmensa mayoría de las mujeres de la época victoriana: ser una "buena esposa", relegando el talento que desde muy joven mostraba Beatrix  a mera anécdota.  


Sus primeros años de vida transcurrieron entre la residencia familiar de Kensignton y Escocia, el lugar de veraneo. Allí comenzó a formarse junto a su hermano pequeño Bertram a cargo institutrices de tradición germana,  en contacto directo y continua observación de esa naturaleza que nos va a plasmar y se convertirá en seña de identidad de sus libros. Como a tantas niñas de la época a Beatrix se le impidió proseguir con una   formación reglada  siendo rechazado su ingreso, por su condición de mujer, como estudiante en los Reales Jardines Botánicos de Kewen.


Pero todas estas dificultades no impidieron que Beatrix Potter se convirtiese en toda una intelectual de su época. Entusiasta botánica y experta micóloga realizó importantes aportaciones a las ciencias naturales. Aportaciones, todo hay que decirlo, que debieron ser defendidas por su tío y cuyo reconocimiento no llegó sino muchos años después de su muerte como es el caso de la afirmación realizada por Potter a propósito de los líquenes que los considera una relación simbiótica entre los hongos y las algas.


Su primer libro infantil The Tale of Peter Rabbit (El cuento de Perico el conejo) estuvo siete años incubándose desde que ella lo escribió en forma de carta ilustrada para los hijos de su primera institutriz hasta que 1902 Norwan Warne, el hijo del editor al que hecía dos años le había llevado el manuscrito, le propusiese publicarlo a todo color y en formato pequeño, toda una novedad en la época ya que permitía llevarlo en los delantales. Ninguno de los dos se iba a  arrepentir de esta decisión, pues el libro rápidamente se convertiría en un éxito y ellos en pareja.


En él, para muchos el mejor libro de Beatrix Potter,  encontramos algunos de los rasgos que van a estar presentes en toda su obra: sus dibujos de animales y escenas rurales de gran realismo en los que plasma todos sus conocimientos de botánica, eso sí animales vestidos con bonitas ropas,  -en el caso del conejo Perico con  abrigo  azul y relucientes botones de latón- y una prosa impecable, correcta, precisa pero que narra en muchas ocasiones escenas no exentas de cierto salvajismo.


Ejemplos perfecto de todo ello los podemos ver en  la persecución a la que va a ser sometido nuestro conejo Perico cuando desoyendo las palabras de su madre, que le ha advertido que no entre en el jardín de su vecino el Sr. McGregor, decide hacerlo y se atiborra de verduras hasta ponerse enfermo o en la manera en la que la madre les cuenta que fue precisamente en ese jardín cuando su padre se convirtió en ingredientes para el pastel de la Sra. McGregor.






























A The Tale of Peter Rabbit le siguieron otros 22 libros publicados en pequeño formato, fácil de manejar y de leer por los niños, en los que nos narra  historias entrañables como la de Jemina, la pata del charco [The Tale of jemina Puddle-Duck (1908)] que poniéndose sus más elegantes  galas decide salir de la granja en la que vive para encontrar un buen lugar en el que construir un nido para incubar sus huevos y que, cual caperucita, va ser tentada por un zorro que la desea como plato principal de sus fiesta.










































En esta ocasión el cazador que viene a salvar en el último minuto, es sustituido por Kep el perro del granjero.

o la rana Jeremías [The Tale of Mr. Jeremy Fisher (1906)] que además de dejarnos constancia de su amor por las ranas, animales que solía incluir en las cartas ilustradas que enviaba a sus jóvenes amigos, nos presenta algunos de los dibujos más bellos y detallados de Potter.























En las obras de Potter siempre hay mucho de su vida, de sus gustos y del ambiente que le rodea. Desde el pueblo de Sawrey, de Lake District en el que Potter vivió treinta años y a cuya granja  se retiró cuando sus problemas problemas de visión le impidieron poder continuar escribiendo hasta su perro pastor favorito cuyo dibujo encontramos en   Kep el perro que salvaba a Jemina.


El final de su vida lo disfruto de una manera acomodada viviendo  de la fortuna heredada de sus padres, siendo ilustradora a tiempo parcial  y disfrutando de lo que más le gustaba: Hill Top la granja en la que criaba ovejas. Beatrix Potter también se convirtió en una de las mayores donantes de The National Trust for Places of Historic Interest or Natural Beauty, la entidad pública que protege el patrimonio natural británico. A su muerte, sin desdencia dejó escrito que gran parte de su patrimonio se convirtiese en  propiedad pública a través del National Trust. Hoy en día podemos consultar sus trabajos científicos en  el Museo-Biblioteca Armitt;  su trabajo literario y gráfico lo encontramos  en el museo Victoria and Albert de Londres. Y en Birnam tenemos los Jardines de Beatrix Potter.



Si os ha gustado y queréis leer la obra de Beatrix Potter os dejo una lista con los títulos que RZ100 Cuentos de boca ha traducido. (pinchando en el título accederéis a cada libro). 

El cuento de Pedrito el conejo travieso
El cuento de la ardilla nogalina
La historia de la señorita Minina
El cuento del señor Jeremías Peces
El sastre de Gloucester

martes, 17 de diciembre de 2013

Cuentos de Navidad: El sastre de Gloucester, de Beatrix Potter

THE TAILOR OF

GLOUCESTER

BY

BEATRIX POTTER

NEW YORK
FREDERICK WARNE & CO, INC
COPYRIGHT, 1903

"Busquemos un espejo por mi cuenta, y
a veinte o cuarenta sastres convoquemos"

W. Shakespeare, Ricardo III 


EL SASTRE DE GLOUCESTER

En los tiempos de espadas, pelucas y abrigos llenas de bordados con solapas de flores, cuando los caballeros llevaban volantes y chalecos con encaje dorado de de seda de Padua y tafetán, había un sastre que vivía en Gloucester.

Se sentaba al lado de la ventana de su pequeño taller en Westgate Street, encima de la mesa con las piernas cruzadas, desde la mañana a la noche.

Durante todo el día, mientras duraba la luz cortaba y cosía el raso, el brocado y la lustrina; telas con nombres extraños y muy caras para su época.


Pero pese a coser sedas finas para sus vecinos, era muy, pero que muy pobre: un viejecito con gafas, rostro cansado, viejos dedos deformes y traje raído.


Cortaba los abrigos sin desperdiciar nada, siguiendo el estampado de la tela, quedando encima de la mesa pequeños retales y recortes muy pequeños.

 -"Demasiado estrecho, únicamente nos vale para hacer chalecos para ratones ", decía el sastre.


Un gélido día, cuando faltaban muy pocos días para la Navidad, el sastre comenzó a hacer una casaca de pana de seda de color carmesí, bordada con pensamientos y rosasy un chaleco de satén color melocotón y cordoncillo de estambre verde, para el alcalde de Gloucester.

El sastre trabajaba y trabajaba, hablando solo sin parar. Medía la seda y le dio vueltas y vueltas, mientras cortaba el patrón con sus tijeras. La mesa se llenaba de retalitos color carmesí.

- "No me da e
l ancho, ni aunque lo corte al bies. No da, no da. ¡Echarpes para ratones y cintas para gente menuda!"-  decía el sastre de Gloucester.

Cuando los copos de nieve comenzaron a golpear los pequeños cristales emplomados de las ventanas y se hizo de noche, el sastre dio por terminada su jornada de trabajo. Encima de la mesa quedaron los trozos de seda y rasos.


Había doce trozos para la casaca y cuatro para el chaleco. También estaban los bolsillos, los puños y los botones, todo bien colocado. Para el forro de la casaca había un delicado tafetán de color amarillo, y para los ojales del chaleco, había hilo de color carmesí. Y todo estaba listo para ser cosido a la mañana siguiente. Todo medido y ordenado, solamente faltaba una bobina de seda de color carmesí.

El sastre salió de su taller en la oscuridad, pues no dormía allí por las noches. Cerró la ventana y la puerta, y se llevó la llave. Por la noche solamente solían estar allí los ratoncitos pardos, ¡y ellos no necesitaban la llave para entrar y salir!

Detrás de los zócalos de madera de todas las casas antiguas en Gloucester hay escaleritas y trampillas secretas para los ratones, y los roedores suelen ir de casa en casa a través de los largos y estrechos pasadizos. Pueden recorrer toda la ciudad sin tener que salir a la calle.


Pero el sastre salió de su taller y se marchó a su casa arrastrando los pies en la nieve. Vivía muy cerca de allí, en la plazuela de la Universidad, junto a la puerta de entrada al jardín de la Universidad. Y aunque la casa era pequeña, el sastre era tan pobre que sólo tenía alquilada la cocina.

Vivía solo con su gato, de nombre Simplón.



Durante todo el día, mientras que el sastre estaba en el taller, Simplón cuidaba de la casa. También era muy aficionado a los ratones, aunque no les daba tela para que se hiciesen gabanes.

- "Miau"- dijo el gato cuando el sastre abrió la puerta. -"¿Miau?".
 
-"Simplón, vamos a ser ricos -contestó el sastre-. Toma esta moneda, que son los últimos cuatro peniques que nos quedan y coge una jarra de loza. Compra un penique de pan, un penique de leche y un penique de salchichas. Simplón, con el último penique de nuestros cuatro peniques cómprame un penique de seda de color carmesí. Pero no pierdas el último de los cuatro peniques, Simplón, estaré perdido porque ya no tengo más HILO".


-"Miau"- dijo de nuevo Simplón,  y cogiendo la moneda y la jarra se perdió en la oscuridad de la noche.

El sastre estaba muy cansado y no se encontraba bien. Se sentó frente al fuego y comenzó a hablar solo acerca de la maravillosa casaca.

-"Me haré rico... Cortaré al bies... El alcalde de Gloucester se casa la mañana del día de Navidad y me ha encargado una casaca y un chaleco bordado... forrado de tafetán amarillo... tafetán tenemos suficiente. Los retales que quedan solo sirven para  hacer echarpes para ratones -"

El sastre se calló de repente al oír unos ruiditos desde la cómoda, procedentes del aparador que estaba al otro extremo de la cocina-

Tip tap, tap tip, tip tip tap!-


-"¿Qué puede ser?"- dijo el sastre de Gloucester, saltando de la silla. El aparador estaba lleno de loza, pucheros, cuencos, platos decorados, tazas de té y jarras.


El sastre cruzó la cocina, y se quedó inmóvil junto al aparador, escuchando y mirando a través de sus gafas. Los extraños ruiditos salían de una taza de té.

-"¡Tip tap, tap tip, tip tap Tip!"-

-"Esto es muy peculiar", dijo el sastre de Gloucester, y  levantó la taza de té que estaba boca abajo.


De allí salió una pequeña ratoncita que le hizo ¡una reverencia! Luego bajó de un salto del aparador y desapareció por detrás del zócalo

El sastre se sentó de nuevo junto a la lumbre, y murmuró para sí mientras se calentaba las manos.

-"El chaleco está cortado en el raso de color melocotón, con sus capullos de rosa bordados con hermoso hilo de seda. ¿Habré sido prudente confiando mis últimos cuatro peniques a Simplón? ¡Veintiún ojales de hilo de color carmesí!"

Pero de repente, desde el aparador, llegaron más ruiditos:

-"¡Tip tap, tap tip, tip tip tap!"-

-"¡Esto que está pasando es muy extraño!"- dijo el sastre de Gloucester, y levantó otra taza de té que estaba boca abajo.


De allí salió un pequeño ratoncito que saludo al sastre con otra reverencia.

Y entonces comenzó a oírse por todo el aparador un coro de pequeños golpecitos, todos sonando a la vez, haciéndose eco, como carcomas en una vieja ventana corroída.

-"¡Tip tap, tap tip, tip tip tap!"-

Y de debajo de las tazas de té y de debajo de los cuencos y de los tazones salieron más y más ratoncitos que bajaban de un salto del aparador y se escondían tras el zócalo.


El sastre se acercó más al fuego y continuó lamentándose

-"¡Veintiún ojales de hilo de seda de color carmesí! Y debo tenerlos terminados  antes del mediodía del sábado, y hoy ya es martes por la noche. ¿He hecho bien en dejar escapar a esos ratones, que sin duda pertenecían a Simplón? ¡Ay! Estoy perdido, no me queda más hilo."

Los ratoncitos volvieron a salir y escucharon al sastre. Se enteraron de cuál era el patrón de aquella maravillosa casaca. Cuchichearon entre ellos sobre el forro de tafetán y sobre los echarpes para ratones.

De pronto todos empezaron a correr juntos desapareciendo en el pasadizo que se encontraba detrás del zócalo, chillando y llamándose unos a otros, mientras corrían de casa en casa. Cuando Simplón volvió con la jarra de leche  ya no quedaba ni un ratón en la cocina del sastre.



Simplón abrió la puerta y entró de un salto, maullando furioso como un gato enojado: odiaba la nieve, y tenía nieve en las orejas, en el cuello y en el cogote. Dejó el pan y las salchichas en el aparador y olisqueó.

-"Simplón"-, dijo el sastre, -"¿dónde está mi hilo?"-

Pero Simplón dejó la jarrita de leche en el aparador y miró receloso las tazas de té. ¡Quería un ratón bien rellenito!

-"Simplón"-, dijo el sastre, "¿dónde está mi HILO?"


Pero Simplón escondió a hurtadillas un paquetito en la tetera y bufó y gruñó al sastre. Si Simplón hubiera podido hablar, habría preguntado: 

-"¿Dónde está mi RATÓN?"  "¡Ay , estoy perdido!"- dijo el sastre de Gloucester, y se fue a la cama con gran tristeza. Durante toda la larga noche Simplón buscó y rebuscó por toda la cocina, abriendo los armarios y mirando tras el zócalo y en la tetera dónde había escondido el hilo, pero no encontró ningún ratón. Cada vez que el sastre hablaba en  sueños, Simplón decía:

-"¡Miau -marramiau-ssch! "-

Y hacía unos ruidos extraños y horribles, como hacen los gatos por la noche. El pobre sastre que estaba muy enfermo y tenía fiebre, no dejaba de dar vueltas en su cama con dosel. Y en sueños seguía murmurando:

 - "¡No me queda hilo, no me queda hilo!"- 

Estuvo enfermo todo ese día y el día siguiente, y el siguiente. ¿Y que sucedió con la casaca color carmesí?   

En el taller del sastre en Westgate Street, la seda y el satén bordado esperaban sobre la mesa, con veintiún ojales, pero ¿quién los iba a coser si la ventana y la puerta estaban cerradas con llave?



Esto no era ningún obtáculo para los ratoncitos de color pardo, que entraban y salían sin llaves por todas las casas antiguas en Gloucester.


En las calles,  la gente iba al mercado caminando por la nieve para comprar sus gansos y pavos y se apresuraban para cocinar sus pasteles de Navidad. Pero no habría cena de Navidad para Simplón y el pobre sastre de Gloucester.

El sastre estuvo enfermo durante tres días y tres noches. Y llegó la víspera de Navidad. Era muy tarde y la luna se encaramaba por los tejados y las chimeneas, mirando sobre desde lo alto  la entrada de la plaza de la Universidad. No había luces en las ventanas ni ruido en las casas. Toda la ciudad de Gloucester estaba profundamente dormida bajo un manto de nieve.

Simplón seguía buscando sus ratones y maullaba mientras permanecía junto a la cama con dosel.


Pero hay una historia muy antigua que dice que todos los animales pueden hablar desde la  Nochebuena hasta el día de Navidad por la mañana. Aunque hay muy poca gente que puede escucharlos o entiende lo que dicen.

Cuando en el reloj de la catedral dieron las doce sonó como un eco, respondiendo las campanas. Simplón lo oyó, y salió de casa del sastre y caminó errante por la nieve.

De todos los tejados, aleros y de las viejas casas de madera en Gloucester salieron un millar de alegres voces cantando alegres y antiguos villancicos. Canciones de toda la vida y alguna que no conocemos, como  la que habla de las campanas de Whittington.


 Los primeros en cantar bien fuerte fueron los gallos:

- "¡Arriba, señora, levántate a preparar sus pasteles!"-

-"¡Vaya, vaya!"- suspiró Simplón.
 
En una buhardilla se veían luces y se escucaba música de baile, y los gatos se iban acercando.

-¡"Tararí, Tararí, Tarari Hey, el gato y el violín! Todos los gatos de Gloucester excepto yo...!", dijo Simplón.

Bajo los aleros de madera, los estorninos y los gorriones cantaban canciones que hablaban de los pasteles de Navidad. Las grajillas se despertaron en la torre de la catedral, y aunque aun era de noche, rompieron a cantar los zorzales y los petirrojos. Llenaban el aire con alegres melodías.


¡Todo aquello era demasiado para el pobre y hambriento Simplón!

Estaba especialmente molesto con algunas vocecitas chillonas que salían de detrás celosía de madera. Creo que eran murciélagos, porque sus vocecillas son muy agudas, sobre todo cuando cae una gran helada y hablan en su sueño, como el sastre de Gloucester.

Su misteriosa canción decía algo así:

"Buzzz, dice la mosca azul,  
hummm, dice la abeja,
Zumba que te zumba
en nuestras pobres orejas".

Simplón se marcho sacudiéndose las orejas como si tuviera una abeja dentro su sombrero.


Desde el taller del sastre en la calle Westgate salía una luz, y cuando Simplón se subió a la ventana para mirar, vio que estaba lleno de velas. Había un vaivén de tijeras, y un trasiego de hilos, y vocecitas ratones que cantaban alegres canciones:
"Venticuatro sastrecillos
de caza han salido hoy
y la presa que persiguen
es un pobre caracol.
El mejor de todos ellos
ni a tocarlo se atrevió.
Caracol sacó los cuernos
y tras ellos se lanzó.
¡Corre, corre, sastrecillo
que te coge el caracol!"

Y sin hacer la menor pausa las vocecitas continuaron cantando.


"¡Muele la harina de mi señora, 
por el cedazo pásala ahora,
una castaña...
¡y que repose una hora!".



-"Miau! Miau!" interrumpido Simplón mientras arañaba la puerta.

Pero la llave estaba debajo de la almohada del sastre y no podía entrar

Los ratoncitos se rieron, y entonaron otra melodía:

"Tres ratoncitos se pusieron a bordar,
pasó una gatita y los miraba sin cesar.
¿Qué hacéis, señores?
Una casaca para caballeros
¿Corto los hilos? No, dola gata,
porque tus uñas miedo nos dan".


-¡"Miau! Miau!"- gritó Simplón.

-"¿Tiriti tiritita?"- respondieron los ratoncitos.

"Tiriti tiritita, bello animal.
Los mercaderes de Londres van de
rojo tafetán;
Seda en el cuello,
y el oro en el gabán
Contentos y ufanos los mercaderes van.

Golpean con sus dedales para marcar el compás, pero a Simplón no le gusta ninguna de las canciones. Olisqueó y maulló en la puerta de la tienda.

"Y después compré
con una monedita,
un jarro y una jarrita
una copa y una copita."

-... y encima del aparador de la cocina -añadido el ratoncito maleducado.

-"¡Miau! ¡Scratch!
¡Scratch!"- bufó Simplón en el alféizar de la ventana, mientras los ratoncitos en el interior se ponían de pie de un salto y comenzaban a gritar todos a la vez con sus voces cantarinas:

-"¡No queda hilo! !No queda hilo!"-

  Y trancaron los postigos de la ventana dejando fuera a Simplón.

Pero a través de las rendijas de los postigos podía oír el ruido de los dedales y las vocecitas de los ratones cantando.

-"¡No queda hilo! ¡No queda hilo!"-





Simplón salió de la tienda y se fue a casa pensativo. Encontró el pobre sastre sin fiebre, durmiendo pacíficamente. 

Fue de puntillas y sacó el paquetito de hilo de seda de la tetera, y lo miró pensativo a la luz de la luna. Se sentía muy avergonzado de su maldad en comparación con aquellos ratoncitos tan buenos.

Cuando el sastre se despertó por la mañana, lo primero que vio sobre su vieja colcha hecha de retazos fue una madeja de hilo de seda de color carmesí y al lado de su cama al arrepentido Simplón.


-"¡Ay, de mi!"- dijo el sastre de Gloucester. "Estoy agotado pero tengo el hilo".El sol brillaba sobre la nieve cuando el sastre se levantó y se vistió y salió a la calle con Simplón corriendo delante de él.

Los estorninos silbaban en las chimeneas y los zorzales y los petirrojos cantaban, pero solo emitían sus ruiditos habituales, no las palabras que habían cantado durante toda la noche.

-"¡Ay, de mi!"-dijo el sastre. Tengo el hilo, pero las fuerza ni el tiempo, solamente me llega para hacer un ojal. Hoy es el día de Navidad por la mañana. El alcalde de Gloucester se casa al mediodía ¿y dónde está su casaca de color carmesí? "

Abrió la puerta de su taller en Westgate Street y Simplón entró corriendo, como un gato que espera algo.
¡Pero no había nadie! ¡Ni un solo ratoncito pardo!

El suelo estaba barridolos hilitos y los trozos de seda que no servían ya no estaban. No quedaba nada en el suelo.


  
El sastre dio un grito de alegría. Sobre la mesa, donde él había dejado trozos de seda, estaba la casaca y el chaleco de raso bordado más hermoso que un alcalde de Gloucester hubiera vestido jamás.


La casaca tenía rosas y pensamientos y el chaleco estaba bordado con amapolas y espigas.

Todo estaba terminado, excepto un ojal de color carmesí, y donde faltaba este ojal había prendido un trozo de papel con estas palabras, escritas en letra muy pequeñita:

NO QUEDA HILO

A partir de ese día cambió la suerte del sastre de Gloucester, que recobró la salud y se hizo muy rico.

Hizo los más bonitos chalecos para todos los comerciantes ricos de Gloucester y  para todos los elegantes caballeros que vivían en la comarca.

Nunca se han visto tales volantes, puños y vueltas bordados como aquellos. Pero lo que más éxito tenía eran sus ojales.

Las puntadas de aquellos ojales eran tan, tan perfectas que me pregunto cómo podían hacerlas un anciano con gafas, dedos retorcidos y dedal de sastre.

Las puntadas de aquellos ojales eran diminutas, tan diminutas como si las hubiese hecho un ratoncito.




FUENTES