Recuerdo perfectamente la sensación que tenía de niña cada vez que me llevaban a un museo: aquello me abrumaba. No sabía a dónde mirar, había miles de cuadros. Había tantos que yo no veía nada, todos me parecían iguales pero no debían ser, porque alguien -un profesor, mis padres... todos opinaban- se había encargado de decirme que eran obras de arte, que eran maravillosos y que tenían un valor incalculable, en especial aquel que la gente venía en peregrinación a verlo desde todas las ciudades del mundo.
Interior Museo del Prado (Madrid)
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