viernes, 28 de noviembre de 2014

MITOLOGÍA PARA NIÑOS: Midas, el estúpido rey que quiso convertir en oro todo lo que tocaba

Uno jamás será feliz si no aprende a valorar lo que tiene. La historia que hoy vamos a contar así nos lo demuestra.


Había una vez un rey de nombre Midas que vivía en Frigia, un país bendecido por los dioses en donde no escaseaban los dones. Los árboles siempre estaban cargados de frutos, el ganado crecía sano y robusto y sus habitantes tenían una vida tranquila y eran seres afortunados pues podían disfrutar de los gozos que su rica tierra les aportaba.

En especial su rey Midas, alguien que desde que nació estaba predestinado a ser inmensamente rico y pasaba la mayor parte de su tiempo paseando por el campo. Pero alguien también que nunca se conformaba con la riqueza y poder que tenía, siempre deseaba más.


Un día apareció de improviso en Frigia el dios Dionisos con todo su séquito. Dionisios era el dios del vino y de la fiesta de ahí que tanto él como sus acompañantes se pasaran el día de bailando, cantando e incluso bebiendo demasiado y quedándose dormidos en los lugares menos convenientes, como le pasó al viejo y sabio Sileno que se perdió del grupo al dormirse a la sombra de un rosal en el jardín de Midas.


El castigo del rey Midas
Hendrik De Clerck (1620)

Tras dormir al fresco durante toda la noche, a la mañana siguiente un jardinero le encontró bajo el rosal y le condujo ante el rey. Midas, como gran anfitrión que era, trató a Sileno con gran amabilidad y fue su huésped por diez días. 

 La mesa del rey Midas
 Frans Francken II, el Joven

Cuando al cabo de ese tiempo Sileno y Dionisos volvieron a encontrarse, la felicidad del Dios era muy grande pues adoraba al viejo sátiro quien había sido su maestro y mentor.

-¿Dónde te has metido, mi querido Sileno?- le preguntó Dionisos.
Te he echado muchísimo en falta.

Y Sileno le contó que se había quedado dormido y Midas le había cuidado como un gran anfitrión. Dionisos muy agradecido por lo que oía decidió premiar a la persona que tan bien se había portado y había acogido a su maestro. Así que a la mañana siguiente se fue en busca de Midas y le dijo:

-Te concedo el don que quieras.
Dime, ¿qué es lo que más te gustaría tener en este mundo?


Dionisos

Midas no podía creer su buena suerte. Durante largo rato estuvo pensando qué podía pedir. Realmente no era fácil decidirse, más para alguien como él inmensamente rico y que poseía casi todo lo que uno puede desear en la vida...

Pero entonces pensó que había un don que nadie, por muy rico que fuese, poseía.

-Quiero convertir en oro todo lo que toque- le dijo a Dionisos
-¿Estás seguro? - le preguntó el dios bastante extrañado
-Sí, sí. Estoy completamente seguro
-Pues entonces a partir de este momento todo
 lo que toques se convertirá en oro. 


 
Y así encantado con el don conseguido se fue a su jardín a poner a prueba su nueva habilidad. Al principio la cosa no podía ir mejor: tocó una roca y ésta se convirtió en oro. Loco de alegría cortó una rosa, que también se transformó en oro y más tarde levantó del suelo un terrón de tierra y al minuto tenía la apariencia de un lingote de oro.

-Soy el hombre más afortunado del mundoooooo-
comenzó a gritar.
 


Pero su dicha le duró poco pues enseguida se dio cuenta que tal vez su elección no había sido la más correcta. Midas tenía un perro que lo seguía a todas partes y al que tenía un enorme cariño. Pues bien, cuando ese día el animal se acercó a su amo en busca de una caricia, en el mismo momento en que éste retregó el hocico contra la rodilla del rey se convirtió en oro.


Pero aquí no acabó la cosa. Midas tenía una bella hija muy cariñosa que le encantaba correr de improviso y abrazar a su padre. Os podéis figurar que es lo que sucedió cuando como todas las noches se acercó a la habitación de su padre a darle un beso antes de acostarse, se convirtió en oro.


Cuando el rey Midas lo vio, roto de dolor cayó de rodillas y empezó a lamentarse.

¡Qué he hecho!
¡Qué he hecho!
¡Si no hubiese sido tan codicioso 
mi hija seguiría con vida!




El mismo estaba a punto de morir, pues como todo lo que tocaba se convertía en oro. No podía ni comer ni beber. Cuando cogía un pan para llevárselo a la boca, éste se convertía en oro; cuando la copa rozaba sus labios toda ella se convertía en oro... Incluso sus propias lágrimas se convertían en oro. Desesperado corrió donde Dionisos y se arrodilló a sus pies rogándole:

-Por favor, por favor sálvame.
Quítame el don que me diste o moriré.

Y Dionisos le contestó que aunque se había comportado como un auténtico estúpido le ayudaría.

Si quieres salvar tu vida debes bañarte en la fuente del río Pactolo 
y así perderás tu don. 

Si deseas que tu hija vuelva a la vida
 debes hacer lo mismo con ella.



Y así lo hizo. Midas siguió las instrucciones de Dionisos y consiguió salvar su vida, recuperar la de su hija y la del perro. Y ésta parece ser la razón por la que hay tanto oro en el río Pactolo: porque fue allí don de Midas se bañó para dejar ser el hombre más rico y desdichado del mundo.
Aunque realmente dadas las andanzas de este rey no sabemos si aprendió muy bien la lección. Os las iremos contando.




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